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Estas hojillas, que podéis bajaros, nacieron en la Parroquia de San Pablo (Fuentepiña, barriada obrera de Huelva) y la siguen varios grupos desde hace años en su reflexión semanal. Queremos ofrecerlas desde la sencillez y el compromiso de seguir a Jesús de Nazaret.
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COMO OVEJAS SIN PASTOR (Mt 9,36-10,8)
La contemplación de la muchedumbre, extenuada y abandonada, despierta la compasión de Jesús. Pero no es la suya una compasión reducida a mero sentimiento por la impotencia frente a la magnitud del problema, sino un sentimiento que conduce al compromiso. La tarea es tan ingente que elije a Doce para que alivien las dolencias de los hombres y dobleguen el poder de los espíritus perversos. Su tarea es anunciar la llegada del reino, curar la enfermedad, devolver la vida, purificar y ahuyentar el imperio del mal. Han de hacerlo gratis porque su anuncio y su poder es pura gracia. La compasión y la ayuda solidaria no tiene mejor paga que la alegría de sentir dentro un corazón que late al ritmo del amor, el único ritmo verdaderamente humano.
La elección de los Doce es el comienzo del discipulado. Jesús se rodea de un grupo de seguidores para instruirlos e iniciarlos en la misión de la que se sentía deudor. La tarea -la de Jesús y la de los cristianos- no es otra que dar respuesta al sufrimiento de los hombres. El espíritu con el que han de realizarla es el servicio y su fundamento, el amor. No es como ocurre -por desgracia- en otros ámbitos donde el dolor de los hombres, sus problemas, su angustia, sus anhelos, sirven como pretexto o plataforma para satisfacer ansias de poder, avaricias, necesidad de prestigio y otras cosas. Es la diferencia entre servir a los hombres en su sufrimiento y servirse del sufrimiento de los hombres.
Éste es también el auténtico sentido de la compasión tal como ha de entenderla un cristiano. No es lástima, lamento y pena. Es todo eso más el compromiso. Que no es suficiente con lamentarse porque las cosas estén mal y sentir pena de quienes las padecen. Ni siquiera es suficiente manifestar la propia rebeldía. Es necesario actuar y poner remedio a los males, si lo tienen. Y si no lo tienen, habrá que pedir a Dios que envíe a sus obreros. Todo menos cruzarse de brazos y ahogarse en lamentos, que las más de las veces sólo sirven para justificar la inoperancia y la pereza. Decir “¡Lo siento!” no es suficiente, cuando es posible poner remedio.
Viene esto también a darnos luz sobre una tentación que suele darse cuando los problemas crecen: el desaliento. El corazón humano es como una vela al viento: si sopla, se hincha y hace que todo avance, pero, si cesa, todo se detiene. Y no ha de ser así si se buscan remedios eficaces. Más bien diría yo lo contrario porque entiendo que el riesgo ha de ser considerado como reto y venturosa oportunidad de crecimiento. Sólo los espíritus débiles y asustados retroceden ante la dificultad. Los animosos, por el contrario, avanzan más deprisa cuando pisan ascuas.
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