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Estas hojillas, que podéis bajaros, nacieron en la Parroquia de San Pablo (Fuentepiña, barriada obrera de Huelva) y la siguen varios grupos desde hace años en su reflexión semanal. Queremos ofrecerlas desde la sencillez y el compromiso de seguir a Jesús de Nazaret.
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EL REY HUMILDE (Mt 21,1-11)
Ya lo había dicho el profeta: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno”. Con ello quería significar que el Mesías no era hombre de guerra, sino hombre de paz. Jesús pone en escena la profecía y entra en la ciudad, no cabalgando como un conquistador blandiendo la espada, sino montado en un asno y agitando palmas y ramos de olivo, para decir a la ciudad de Jerusalén -la que había de pedir su muerte- que en su corazón sólo había paz.
La imagen de Jesús como un humilde rey de paz contrasta con la realidad que vivimos en estos años de inicio del milenio. La guerra -abierta o solapada, en los campos de batalla o en la intolerancia de la vida ordinaria-, el terrorismo, la violencia doméstica... siguen siendo -para desgracia y vergüenza de un mundo que se llama civilizado- una triste presencia en nuestra vida. Sobre una tierra cargada de violencia avanza humilde la figura del profeta de Nazaret sin que los hombres presten atención a su voz. Nos llegan noticias e imágenes estremecedoras y no logramos entender -ni creo que pueda entenderse- por qué los hombres nos enfrentamos y hacemos violencia unos contra otros. Palabras como tolerancia, solidaridad, respeto, diálogo, acuerdo, ayuda... suenan mucho, pero la realidad que expresan cuenta poco.
Cuando un hombre pone una bomba en su supermercado para matar a no sabe quien ¿qué cree estar demostrando con ello? ¿Cómo silencia la voz de la conciencia? ¿A qué mundo aspira? ¿Cómo puede alguien pensar que la violencia sea el cimiento de algo? ¡Sólo de la ruina! Cuando un grupo de hombres planea la eliminación de otro grupo ¿a dónde pretende llegar? ¿Cómo es posible que el odio llegue a endurecer el corazón ante el miedo y el llanto de un niño o de un anciano? ¿Qué peligro puede haber en ellos? Son preguntas para las que no hay respuesta.
Es tiempo de calvario el tiempo en que vivimos y, por ello, bien pertrechados de esperanza, anhelamos el amanecer del domingo de Pascua, cuando el sepulcro reviente y la vida se levante para siempre. Pero antes habrá que pasar por el silencio del sábado y meditar nuestros errores a la luz del mandato del amor. Jueves, Viernes y Sábado forman una trilogía bien trabada: entrega, sacrificio y reflexión -amor, renuncia y sinceridad- jalonan el camino hacia el alba de la resurrección.
La comunidad cristiana por su parte ha de disponerse a cargar con la cruz del testimonio y de la fidelidad en un mundo que, por no compartir los ideales del Nazareno, se va a situar muchas veces frente a ella. No esperemos que quienes crucificaron al Maestro vayan a aplaudir a los discípulos. Mal signo sería.
LA MENTIRA ACUSA, JUZGA Y CONDENA
El Salmo y el Evangelio nos muestran los hechos de la vida que, a veces, nos resultan tan injustos y crueles que causan dolor a las personas y éstas, como no comprenden por qué ocurren, se dirigen a Dios manifestándole su dolor.
Jesús también pasó, como hombre, por ese trance y por eso reaccionó ante la injusticia diciendo: [Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?].
Por este hecho histórico se puede decir que dirigir estas expresiones a Dios no pueden ser causa de condenación si después entramos en una fase sincera de arrepentimiento en la que empujados por la razón aceptemos los hechos y pidamos perdón al Señor.
Como norma de comportamiento ante la adversidad sería aconsejable que, antes de pronunciarlas, reflexionáramos y después nos preguntáramos… ¿Es que Dios, caprichosamente, castiga a unas personas y premia a otras o son el fruto de la percepción personal de quienes no aceptan la realidad de la vida?
Isaías se anticipó a estas situaciones contando su experiencia en el camino del seguimiento y por ella se comprueba que Dios ayuda siempre a quienes deciden seguirle dándoles: Facilidad de palabra para comunicar sus mensajes, paciencia para escuchar a quienes están abatidos, reflexión para no responder con violencia a quienes nos golpean o ultrajan porque así no sentiremos el dolor y, en su momento, seremos recompensados.
Pablo confirmó que Cristo, siendo de condición divina, no alardeó de ella y vivió
-en la familia y la sociedad- con normalidad, como uno de tantos, y tratando de superar los momentos difíciles que le hicieron vivir aceptando el trato inhumano e injusto que le daban y que, a pesar de comportarse como un hombre cualquiera, lo acusaron, detuvieron, golpearon, se mofaron, juzgaron y condenaron a morir en la cruz como un delincuente.
Después, el Padre lo resucitó y lo llevó a su lado, así su nombre fue, y es, respetado y proclamado como Señor.
QUEDÉME Y OLVIDÉME
San Juan de la Cruz tiene un bello poema, Noche oscura, cuya última estrofa dice así:
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Podía muy bien pintar, con trazos delicados y etéreos, el último suspiro de Jesús, el aliento postrero.
Desde su entrada en Jerusalén, todos esos últimos días han sido una larga noche oscura. Ha vivido en sus carnes y en su espíritu la traición de los suyos, su inconsistencia, la soledad del abismo abierto ante él, la angustia, el juicio y la condena más crueles, la denigración, la mentira, y el abandono más duro y sombrío colgado de la cruz. Pero nada ha podido quebrar ni doblegar su confianza en el Padre, la firmeza de sus opciones, la radicalidad de su entrega, gota a gota, paso a paso; sin ceder un ápice a la tentación de seguir un camino más fácil, más comprensible, más satisfactorio. Nada ni nadie le ha apartado de ser uno de tantos, el último, el siervo.
Por eso, después de ese último fuerte grito que precede a la muerte, como un niño, tranquilo y abandonado, ha podido reclinar su cabeza martirizada sobre el Padre, el Abbá, olvidando y trascendiendo el dolor que le traspasa cuerpo y alma; dejando, entre las manos del Padre, toda su vida hecha jirones, exprimida hasta el final, triturada. Y su espíritu ha hallado la blancura y la pureza del Amor infinito en el que siempre se ha sabido envuelto y acogido.
Contemplamos a diario la agonía de un mundo crucificado por la violencia, la mentira, la corrupción del poder, el sinsentido del sufrimiento y la muerte de tantos, tantísimos inocentes; por las injusticias, desigualdades y abusos de todo tipo. Un mundo abocado a la autodestrucción. Pero, un mundo, al fin y al cabo, sostenido, cobijado, acompañado hasta el final y por encima de todo, por el Amor inconmensurable de Dios.
Santa Teresa exhortaba a sus hijas a poner los ojos en el crucificado. Quien sabe vivir, haciendo de su vida pan partido y sangre derramada, sabe morir; por mucho que otros se crean artífices de su muerte y esta resulte, en apariencia, horrenda. Y en morir, como el grano de trigo que cae en tierra, encuentra la vida verdadera que no se acaba.
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