22º Domingo Ordinario - B

domingo, 27 de agosto de 2006
3 Septiembre 2006

Deuteronomio
: No añadáis nada a lo que os mandó..., así cumpliréis los preceptos del Señor.
Santiago: Llevad a la práctica la palabra.
Marcos: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.


Descargar Evangelio del 22º Domingo Ordinario - B:

1 comentarios:

Paco Echevarría at: 27 agosto, 2006 06:59 dijo...

SOBRE EL SER Y EL PARECER (Mc 7,1-23)


En Mc 7 se nos narra un enfrentamiento de Jesús con los fariseos, esta vez a propósito de costumbres relacionadas con rituales de purificación. Lo que para nosotros es una norma de higiene personal -lavarse las manos-, para aquellos hombres era un ritual religioso. No seguirlo al pie de la letra significaba permanecer impuro y, por tanto, quedar excluido del encuentro con lo sobrenatural. Este tipo de rituales eran una manera de señalar la frontera entre lo sagrado y lo profano. El peligro estaba en considerar esto lo único importante y olvidar la actitud de corazón. La discusión entre Jesús y los fariseos -los puros- tiene esto como centro. Pero no se trata de un tema baladí. Lo que aquí se enfrentan son dos formas de entender el ser humano y la religión.

Hay una manera de ver las cosas a partir de la apariencia de las mismas, es decir, poniendo la atención y el énfasis en lo exterior, en el aspecto, en la imagen. El error de semejante planteamiento está en que, a la larga, sólo cuenta lo que se ve, con lo cual la vida se convierte en un inmenso decorado de fachadas tras las cuales no hay nda. Para quienes ven así las cosas sólo cuentan el aspecto de las personas, los cargos, la fama, la imagen pública... Y existe otro modo de ver la realidad: de dentro a fuera, poniendo la atención en el fondo de las cosas, en el ser, en lo oculto. En este caso lo que cuenta es la persona y los valores.

Ambas posturas suelen darse en la vida social y también en la religión. Así tenemos quienes entienden la relación con lo divino como un conjunto de ritos externos, de normas, de formas, de imágenes... En consonancia con esto adquieren una gran importancia los lugares, los tiempos, los objetos, las personas relacionadas con lo divino. La postura opuesta valora sobre todo la actitud del corazón. De esa manera lo sobrenatural desborda sus propios límites y todo se convierte en vehículo de manifestación de la divinidad: cualquier lugar, cualquier momento, cada objeto y cada ser vivo pueden ser signos de su presencia. Los fariseos eran de los primeros. Jesús defiende lo segundo. Y advierte que de nada sirve lavarse las manos si está manchado el corazón. Importa lo que brota del interior: si es bueno hace bueno al hombre; si es malo, lo hace impuro.

En un mundo como el nuestro, los creyentes corren el riesgo de pensar como los fariseos y, creyendo seguir el mensaje de Jesús, encontrarse siguiendo las enseñanzas de sus adversarios. En Israel a Dios sólo se le podía encontrar en el templo, en Jerusalén. Jesús sitúa ese lugar en el corazón humano. Por eso Dios es ahora más cercano y asequible. Se ha hecho más humano para permitir al hombre estar más cerca de él, es decir, para que logre ser más divino. Así andan las cosas desde entonces, aunque a muchos les resulte tan difícil entenderlas.