4º Domingo Ordinario - A

viernes, 25 de enero de 2008
3 Febrero 2008

Sofonias: Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor.
1 Corintios: Dios ha escogido lo débil del mundo.
Mateo: Bienaventuranzas.


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Juan García Muñoz.

1 comentarios:

{ Paco Echevarría } at: 25 enero, 2008 13:24 dijo...

SOBRE LA FELICIDAD (Mt 5,1-12)

El Sermón de la montaña comienza con ocho máximas, que señalan el camino hacia la felicidad, es decir, hacia la vida. La primera es la pobreza de espíritu, que no consiste en ser un apocado, sino en dirigir una mirada honesta hacia sí mismo y aceptar la propia condición con la humildad de quien reconoce sus errores. Lo contrario es la vanidad, que lleva a inflar el ánimo y creerse grande.

La segunda es la fortaleza de espíritu, la capacidad de sacrificio. No se trata de buscar el sufrimiento, sino de plantarle cara cuando él nos encuentra. El hedonismo reinante pretende eliminar todo dolor y malestar, como si el objetivo de la vida sólo fuese disfrutar. Pero es gran engaño creer que eso es posible, pues, ni el mundo es un paraíso ni el ser humano, un dios. Entender así la vida es acumular méritos para la frustración.

La tercera norma es saber llorar. No digo ser un quejica, ni lamentar continuamente la vida y sus sinsabores. Es el desahogo natural de un corazón insatisfecho porque, pudiendo ser las cosas de otra manera, no lo son debido a la desidia, el egoísmo o el desamor de quienes podrían hacer un mundo más feliz y humano. En esa búsqueda de un mundo mejor –ésta es la cuarta norma–, lo que ha de guiar el pensamiento, la voluntad y la conducta es la justicia. El bien ha de ser beneficio de todos y no patrimonio de unos cuantos. La felicidad que no es para todos tampoco es completa para algunos.

La quinta norma es tener un corazón compasivo con todos, especialmente con los que sufren. Quien no es permeable al dolor ajeno, tiene un corazón de piedra. Y no es feliz porque, si no se es sensible al dolor, tampoco se es sensible a la dicha. Quien no sabe sufrir tampoco sabe gozar. Se ha apagado en él el fuego de los sentimientos.

La sexta norma es la limpieza de corazón. Consiste en mantener el corazón libre de la mentira. Los golpes de la vida van creando en torno nuestro un caparazón, bajo el cual intentamos sobrevivir. Al mismo tiempo vamos generando prejuicios, desconfianzas, miedos... Es así como construimos un mundo de mentiras y nos instalamos en él. Para ser feliz hay que abrirse a la luz, a la verdad.

La séptima norma es construir la paz: la propia y la ajena. Los violentos terminan engullidos por la violencia que ellos generan. La paz de la que hablamos es la que, instalada en el corazón, irradia sus destellos e ilumina todo lo que está a su alrededor. Es la paz que brota de un corazón recto, justo y bondadoso.

La octava norma es ser fiel a sí mismo a pesar del rechazo: conservar los principios a pesar de que las circunstancias, el ambiente o las presiones intenten lo contrario. Quien renuncia a sus valores para someterse a los desvalores del medio en que vive, está entregando su vida y su dicha al capricho y la voluntad de otros. Es una forma de esclavitud.

Quien quiera vivir de esta manera ha de prepararse porque encontrará rechazo y persecución, pues, al mundo en que vivimos, no le gustan quienes piensan, viven y son de otra manera.