29º Domingo Ordinario - A

jueves, 9 de octubre de 2008
19 Octubre 2008

Isaias: Llevo de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones.
1 Tesalonicenses: Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza.
Mateo: Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.


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Juan García Muñoz.

1 comentarios:

{ Paco Echevarría } at: 09 octubre, 2008 22:29 dijo...

DIOS Y EL CESAR

Se discutía en tiempos de Jesús si era o no lícito pagar el tributo romano. Los saduceos -más pragmáticos y realistas- sostenían que había que pagarlo para evitar problemas mayores; los fariseos -y con ellos la mayoría de la gente- se negaban a ello porque era un signo del sometimiento a Roma. De hecho hubo no pocas revueltas por este motivo. La pregunta que le plantean a Jesús es inflamable y de hondo calado político: si decía que sí, se enfrentaba al pueblo; si decía que no, se le podía denunciar ante las autoridades romanas. En cualquier caso perdía influencia y poder ante las masas.

Pero, si inteligente fue la pregunta, más inteligente fue al respuesta. La moneda en circulación era romana y ello, de por sí, significaba el dominio de Roma sobre Israel. Era absurdo discutir un asunto menor -el pago de los impuestos- cuando el mayor -la dominación romana- se imponía como un hecho incontrovertible. Pero no era ese el verdadero problema del Judaísmo. Jesús aprovechó la pregunta para plantearlo abiertamente: Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios significa que hay que poner a los hombres en su sitio y a Dios en el lugar que le corresponde. Ellos preguntaban por los derechos de las autoridades y Jesús respondió que siempre han de estar por debajo de los derechos de Dios. No hay dos poderes paralelos e independientes entre sí. Sólo hay una autoridad: la de Dios; la que disfrutan los hombres es siempre limitada y está sometida a un poder superior.

Tal vez alguno interprete que esto es negar la autonomía del orden temporal, pero no es así. Evidentemente, las instituciones temporales -políticas, económicas, culturales, etc- no están sometidas a la Iglesia como institución. Pero es falso que el poder sea absoluto y absolutamente independiente. Pensar así conduce al absolutismo. Cuando las circunstancias de la vida -o los votos- entregan el poder a un hombre -o a un grupo-, éste debe tener presente en todo momento que el suyo es un poder limitado. Si es creyente, pensará que, por encima de él esta Dios; si no lo es, deberá pensar que sobre él están el bien común y la justicia. Olvidar esto conduce primero a prácticas totalitarias -para eliminar al adversario y consolidar la posición alcanzada- y luego a la corrupción como medio para lograr beneficios personales o de grupo.

Cuando el Cesar se cree Dios y exige la sumisión absoluta y el derecho por encima de todo derecho, la Iglesia -y cada creyente- ha defender contra viento y marea la soberanía de Dios como garantía última del bien común. Para los creyentes la única razón que justifica el poder humano es la defensa de los débiles. No hay mejor razón para explicar que, siendo todos los hombres iguales, unos estén situados por encima de otros. Por eso, para Jesús, la autoridad es servicio y no dominio.