DOMINGO-3ºA

domingo, 18 de enero de 2026
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3 comentarios:

Paco Echevarría at: 18 enero, 2026 08:25 dijo...

DEJAR LAS REDES (Mt 4,12-23)


Son tan fuertes los vientos de libertad que soplan en nuestro tiempo que, para muchos, este valor es casi un dios. Y no es que esté mal defender un valor tan sagrado que, en la Biblia, a pesar de su consecuencia más trágica –el pecado–, nunca fue retirado al hombre por el Creador. El problema es que no acabamos de entender de qué se trata y predican algunos que consiste en no tener otra norma de conducta ni reconocer otra voluntad que la propia. De esa manera los deseos se convierten en necesidades y las necesidades en derechos. Piensan éstos que la moral es un ataque a la libertad y a lo más que llegan es a la moral de la propia conveniencia o el propio gusto.

Creo yo que la libertad es más un deber –un valor– que un derecho –un beneficio–. No es algo que uno posee por nacimiento, sino algo que se ha de conquistar a lo largo de la vida con esfuerzo y sacrificio. Y, una vez alcanzada, no resulta fácil soportar el peso de la misma, porque exige tomar decisiones que, las más de las veces, son duras y comprometidas. Mucho me temo que lo que algunos llaman libertad sólo sea la calderilla de la misma, es decir, la posibilidad de tomar pequeñas decisiones que permitan hacer lo que uno quiera en pequeños asuntos porque las grandes decisiones las toman otros en otros foros. Es la estrategia de los poderosos: “Haz lo que quieras. Tienes derecho a ello. Eres libre. Pero déjame a mí decidir lo que has de pensar y de querer”.

Viene esto a cuento del gesto de los discípulos cuando Jesús los llama. Eran pescadores y estaban entregados a su trabajo. Cuando pasa junto a ellos el profeta de Nazaret, sin mediar discusión ni diálogo, les dice: “Seguidme porque quiero que os dediquéis a otros menesteres”. Ellos inmediatamente dejan las redes y le siguen. Es una decisión que compromete su futuro, su vida. Otros hubo que también fueron llamados, pero no se atrevieron a asumir el riesgo de la opción y siguieron con lo de siempre. Dejar las redes, cambiar de rumbo, comprometerse... En eso consiste la libertad: en romper ataduras.

Hoy se teme tomar decisiones que hipotequen el futuro. Vivimos en la cultura de la provisionalidad –la cultura de usar y tirar–. El problema es que sólo el que toma decisiones es libre y sólo el que toma grandes decisiones es radicalmente libre. No decidir para no comprometerse no es conservar la libertad, sino dejar pasar la ocasión de disfrutarla. La dificultad está en que, una vez que hemos decidido, nos hacemos responsables de nuestra decisión, de modo que no es libre quien no es capaz de responder de su libertad. Ésa es la paradoja de la libertad. A las nuevas generaciones no se les dice esto. Sólo se les habla de derechos –no de deberes–, de libertades –no de exigencias–, de posibilidades –no de compromisos–. Mal quieren a los jóvenes quienes les dan para moverse en la vida monedas de una sola cara: las monedas falsas de una libertad que no sabe de responsabilidades.

El límite de la libertad es el respeto al otro y a los valores. Cuando se ignora esto, surge la prepotencia, la tiranía y la violencia.

Paco Pérez at: 21 enero, 2026 11:11 dijo...

SEGUIR A JESÚS IMPLICA CAMBIAR
Las personas nos vemos influenciadas por una serie de circunstancias que condicionan nuestro camino: La familia y el lugar donde nacemos por sus particularidades, la cultura personal que recibimos de las instituciones, la religión que abrazamos, el clima político-social que nos rodea…
Jesús tampoco se vio libre de esas influencias y ahí tenemos que fijarnos para comprender mejor cómo actuaba en su entorno y la respuesta que le dieron. Los galileos estaban mal vistos y Él era considerado como tal porque vivía en Nazaret, ese trato injusto hacia Él demuestra que creemos las historias que se adjudican a las personas sin comprobar su veracidad.
¿Ha cambiado la sociedad ese comportamiento?
No, se sigue dando noticias y son elevadas a la categoría de ciertas. Entonces acusaban a los galileos de belicosos y rebeldes y daban por cierto que todos eran iguales, una injusticia que desmontó Jesús al predicar la igualdad y la no violencia, lo contrario. Allí comenzó el anuncio del Reino de Dios y, con su predicación, consiguió que la mayor parte de sus gentes se llenaran de esperanza.
¿Fue, y es, fácil entender a Dios?
Considero que no porque cuando sufrieron la invasión de otros pueblos pensaron que los había abandonado cuando la realidad era otra, siempre se preocupó de ellos y les ayudó para que retornaran a casa. En Isaías, leemos: [El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.].
Hoy, seguimos teniendo dudas y haciéndonos las mismas preguntas cuando la adversidad nos visita… ¿Por qué?
Porque aún no hemos comprendido que a Dios no se le puede entender a simple vista debido a que la magnitud de su grandeza nos lo impide. La incomprensión del hecho religioso es lo que más daño nos hace pero no nos preocupamos de seguir profundizando en la sencillez de su ejemplo.
Pablo nos habla de las peleas que mantenían en las comunidades que se formaron después de Jesús y, a pesar del tiempo transcurrido, seguimos adoptando posturas incorrectas cuando algunas personas afirman creer en Dios y no en los curas, un error, porque ellos trabajan para ayudarnos a conocer y comprender lo que hicieron Jesús, sus discípulos y los integrantes de las primeras comunidades cristianas. Los apóstoles abandonaron trabajo y familia, para seguir a Jesús, una aventura desconocida para ellos… ¿Hemos pensado alguna vez si nosotros lo hubiéramos hecho para seguirlo y sufrir?
Jesús nos pide que, en decisión personal, cambiemos nuestro comportamiento equivocado.

{ Maite } at: 22 enero, 2026 11:30 dijo...

SER LUZ

Todo cristiano, por el hecho de serlo, está llamado a ser luz, como Jesús. Luz que ilumine las tinieblas y la oscuridad de ambientes, lugares y corazones; que disipe la confusión y las negruras de actitudes y opciones equivocadas; que aporte ilusión, vida, alegría y paz.

Para ser luz no hay nada como mirar a Jesús, y dejar que la luz que emana de él purifique la mirada, las intenciones y prioridades; que sane, con su claridad, todas las heridas que nos sumen en la oscuridad y nos fuerzan a navegar en ella sin poder superarla.

Los místicos nos enseñan que la oscuridad que nos penetra no se disuelve mirándonos a nosotros mismos y nuestro pecado, nuestros límites y fragilidades, nuestra vulnerabilidad. Eso solo nos sumerge aún más en ella y cierra aún más la posibilidad de encontrar la luz.

El encuentro y trato amistoso y confiado, asiduo y fiel con Jesús, será el mejor bálsamo contra la oscuridad. El contacto con él y el olvido de nosotros mismos es el mejor camino para andar arropados por la luz. Solo encontrando la luz en él seremos, nosotros mismos, luz.

Podremos, entonces, dar lo mejor que somos y tenemos a los demás, en una existencia como la de Jesús, orientada al amor y servicio a todos.

Ser luz hace de nosotros una bendición allí donde estamos; fuente de curación y paz, de entusiasmo por todo lo bueno, y fuerza para afrontar la vida y lo que conlleva en el día a día. Ser luz hace de nosotros un reflejo de Dios, una caricia suya, una esperanza de un mundo mejor, más justo y humano.