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Estas hojillas, que podéis bajaros, nacieron en la Parroquia de San Pablo (Fuentepiña, barriada obrera de Huelva) y la siguen varios grupos desde hace años en su reflexión semanal. Queremos ofrecerlas desde la sencillez y el compromiso de seguir a Jesús de Nazaret.
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EL PAN DE LA VERDAD (Jn 6,51-58)
Son dos los días en que la Iglesia celebra de modo especial la Eucaristía: el Jueves Santo, que conmemora la institución de la misma, y la fiesta del Corpus, centrada en el misterio de la presencia de Jesús. Este año se nos lee un fragmento del discurso del pan de vida pronunciado por Jesús después de la multiplicación de los panes. La gente lo había visto resolver sus problemas y consideró que era el líder que necesitaban, así que decidieron elegirlo rey. Pero no eran esos los planes de Jesús. Por eso se quitó de en medio. Cuando dieron con él, les habló muy claro: “El pan que yo puedo daros -vino a decirles- es el pan del cielo, la vida para siempre. Para eso es necesario comer mi carne, compartir mi vida, asumir mis ideales. Pero no es eso lo que vosotros queréis”. La reacción de la gente fue abandonarlo. Sólo quedaron los Doce.
Fue un momento importante en el ministerio de Jesús. Hasta entonces la gente lo buscaba por su poder. Cuando empieza a plantear exigencias desde su mensaje, le dan la espalda. La pregunta que la Iglesia ha de hacerse en cada momento es: ¿De qué se trata: de tener a las masas con nosotros o de predicar el evangelio de Jesús, aunque eso signifique quedarse en cuadro? Viendo el modo de actuar de Jesús, la respuesta parece evidente. Y es que, a diferencia de quienes fundamentan su poder en los votos, la Iglesia tiene una misión que ha de cumplir a tiempo y a destiempo, con el viento a favor y en contra. Adaptar el mensaje a las conveniencias de cada tiempo y grupo con tal de que se queden es ser infiel a su Señor y al pueblo que pretende conservar. La demagogia queda para quienes buscan estar siempre en la cresta de la ola a costa de lo que sea, no para quienes tienen la misión de navegar por los mares del mundo.
El compromiso de la Iglesia y de cada creyente es con la verdad, porque sólo ella libera y salva. Su tentación es adorar los poderes de este mundo y sacrificar la verdad en el altar del éxito y la popularidad. No está en mundo para que la quieran, la valoren y la admiren, sino para que la oigan cuando anuncia el mensaje de Jesús. Ése es el verdadero servicio y bien que puede hacer a la humanidad. Puede que al principio muchos la abandonen, también dejaron a Jesús y ¡eso que hacía milagros!, pero ella no puede abandonar su misión.
Cuando la Eucaristía pasee por nuestras calles, tendremos que preguntarnos si el paso de Jesús-Eucaristía por la ciudad significa la acogida de su palabra en los corazones de quienes acuden a contemplarlo; si celebramos su presencia y la vigencia de su mensaje o, por el contrario, todo es ausencia. Sólo el pan de la vida da vida al mundo. Si la Iglesia lo olvida, pierde su razón de ser.
COMUNIÓN
Desde hace tiempo la Iglesia intenta dar a la fiesta del Corpus un significado más evangélico y alejado de una piedad intimista, alimentada por tradiciones seculares y la experiencia personal de muchos santos. Con todo, para mucha gente, la adoración y las procesiones con el Santísimo siguen siendo profundamente significativas este día. Configuran la piedad popular y colorean el imaginario colectivo en torno a la Eucaristía, que deviene un culto al pan consagrado. Es fácil olvidar entonces la dimensión del pan partido y la sangre derramada que, desde Jesús, comprometen e interpelan a vivir una vida como la suya, es decir, en favor de los demás y consagrada al servicio de todos.
Como siempre, la Palabra viene en nuestra ayuda para centrar y orientar, para discernir y situar adecuadamente las realidades que nos superan, pero que son fundamentales para sostener y alentar nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús.
En el Evangelio, Jesús nos habla de comer su carne y beber su sangre. Esto implica asimilarse a él; dejarse habitar por él y habitar en él. Esta comunión estrechísima con él y el Padre nos compromete a ser hijos en plenitud, a ser tales de cara a Dios, a los hermanos y a nosotros mismos. Solo podemos ser hijos y hermanos y, desde ahí, pan partido y sangre derramada.
Pablo, en su carta a los corintios, ahondará en la idea de la comunión de la sangre y el cuerpo de Jesús. Todos los que comemos de un mismo pan y bebemos del mismo cáliz formamos un solo cuerpo. No puede ser de otra manera. ¿Acaso puede haber divisiones y conflictos entre quienes comparten pan y cáliz? La experiencia nos habla de que sí, es posible y de hecho se dan. Tal vez sería bueno cuestionarnos, de vez en cuando, qué hacemos cada vez que partimos el pan entre nosotros y compartimos el mismo cáliz. Si eso nos sirve para permanecer en Jesús y unidos entre nosotros, a pesar de la diversidad, o no. Si no existe tal compromiso habría que cuestionar nuestras eucaristías con seriedad, y buscar caminos de comunión con Dios y entre nosotros que no desvirtúen el don de Jesús.
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