6º Domingo de Pascua - B

jueves, 11 de mayo de 2006
HECHOS: Está claro que Dios no hace distinciones.
1ª JUAN: Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
JUAN: AMOR, AMISTAD Y FRUTO


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1 comentarios:

Paco Echevarría at: 11 mayo, 2006 02:29 dijo...

EL AMOR MÁS GRANDE ( Jn 15,9-17)


En cierta ocasión, le preguntaron a Jesús cuál era el principal mandamiento de la ley judaica y él respondió diciendo que eran dos: el amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a uno mismo. Lo que viene a significar que no hay que hacer un ídolo de nada -¡las idolatrías siempre generan sufrimiento e injusticias!- y que el otro es un valor indiscutible. La respuesta que dio estaba en línea con la pregunta que le hicieron y, evidentemente, mantenía un cierto paralelismo entre la vida religiosa, cuyo objeto es Dios, y la vida social, que tiene como objeto al otro, si bien la respuesta empieza a apuntar que el planteamiento es insuficiente. Este dualismo, propio de estadios muy elementales de la religión, empezó a superarse cuando -según narra el Éxodo- se promulgó el Decálogo. Los profetas de Israel trataron de desarrollar esta doctrina, pero, en tiempos de Jesús, ambas dimensiones prácticamente estaban separadas. El fariseísmo fue un movimiento político-religioso cuyo núcleo era precisamente ése.

Pero, llegado el momento definitivo, en el discurso del adiós, Jesús quiso dejar las cosas bien claras y, posiblemente para evitar interpretaciones sesgadas o interesadas, dijo a sus discípulos que sólo tenían que cumplir un precepto totalmente nuevo: el de amarse unos a otros con el amor más grande, el que está dispuesto a dar la vida por el amado. Él así lo había hecho y su voluntad era que ellos hicieran lo mismo. Lo sorprendente de este mandamiento no es lo manda, sino lo que silencia. Porque no dice nada del amor a Dios con todo el corazón, tal como mandaba la ley. Y no cabe pensar que Jesús estuviera predicando la filantropía propia de un agnóstico.

¿Qué hay detrás de todo esto? Creo que sólo podemos entender su postura si escuchamos lo que dice sobre el juicio de las naciones: llegado el momento de la verdad, seremos juzgados según el amor al prójimo. “Tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y me cuidaste, fui forastero y me acogiste...”. Y la razón es bien simple: una vez establecido el principio de la encarnación -Dios se reviste de humanidad-, sólo se puede amar a Dios en su forma humana, es decir, amando al prójimo; y sólo se le puede amar con todo el corazón, dando la vida por los demás.

En dos mil años de historia, el cristianismo ha tenido momentos de gloria y de miseria. Nadie lo puede negar. Pero los valores fundamentales, los principios doctrinales, poseen un carácter definitivo y cumbre. En el fondo, el cristianismo es un humanismo radical y profundo, si por humanismo entendemos la defensa de lo humano como un valor absoluto. El fundamento del mismo no es el acuerdo entre los hombres o la voluntad de los poderosos, sino Dios mismo, que es origen y meta. Vivimos un relativismo asfixiante en muchos órdenes de la vida -todo es “según”-. Pero esto no nos hace más libres ni afortunados. Sólo nos deja más indefensos y más expuestos. ¿Es posible que el ser humano vuelva a recuperar su centro dejando de lado su fundamento, es decir, a Dios? Personalmente, creo que no.