13º Domingo Ordinario - B

viernes, 23 de junio de 2006
SABIDURÍA: Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser.
2CORINTIOS: Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres.
MARCOS: Contigo, hablo, niña, levántate.


Descargar Evangelio del 13º Domingo de Ordinario - B:

1 comentarios:

Paco Echevarría at: 23 junio, 2006 01:06 dijo...

NO ES MUERTE, SINO SUEÑO (Mc 5,21-43)


Nada hay tan humano ni que nos haga tan humanos como la experiencia del sufrir y la certeza del morir. Y la razón es bien simple: la ingenua pretensión de ser dioses se deshace como niebla cuando el sol implacable del sufrimiento o la muerte asoma en el horizonte de nuestra vida. Como un muro que se desplomara sobre nuestras cabezas, así se nos viene encima la conciencia de que somos pequeños, débiles y limitados y lo evidente se impone: ni comprendemos, ni aceptamos, ni podemos evitar. Ante ello caben dos posturas: o renunciamos a encontrar el sentido de las cosas -aceptando resignada¬mente que somos víctimas de un destino fatal- o luchamos contra el absurdo -buscando respuesta a nuestras preguntas, caminando hacia la aceptación y la superación-; o dejamos que la adversidad nos destruya o nos apoyamos en ella para crecer. La curación de la hija de jairo y de la hemorroisa ofrecen claves para avanzar en esa búsqueda.

La hemorroisa llevaba doce años probando remedios para sus males y había gastado en ello su fortuna -su vida-, pero sólo se curó cuando la cercanía de Jesús despertó su fe. Eran muchos los que le rodeaban y le apretujaban, pero sólo ella se benefició de esa cercanía. No por creerse más cerca de Dios se tiene a Dios más cerca. El milagro del encuentro con él y su virtud sanadora sólo es posible cuando se vive con fe.

Más grave -o importante- es el asunto de la niña: la suya no es una enfermedad crónica sino mortal. El desenlace se produce antes de que Jesús haya hecho nada. La fe, en este caso, ha sido inútil porque no hay billete de vuelta para la muerte. Y, a pesar de ello, Jesús anima al padre de la niña a creer. Más aún: parece insinuar que la fe verdadera empieza cuando ya todo está perdido. Contrasta con esto la postura de los acompañantes: "¿Para qué seguir insistiendo?" ¿Para qué seguir rezando? ¿Para qué seguir creyendo? Pero la respuesta de Jesús es clara y firme: "Porque no es muerte, sino sueño". Ese es el secreto, la clave -la llave- que, en medio de la adversidad, abre la puerta al sentido de las cosas: ver sueño donde los demás ven muerte. Sólo viendo así las cosas se persevera en el esfuerzo y se conserva la esperanza. En no pocas ocasiones, la postura no debería ser duelo, sino espera.

En la más completa oscuridad, en el más profundo de los fracasos, en el abandono, el que cree sigue insistiendo: sabe que -más tarde o más temprano- amanecerá; está convencido de que la noche no dura siempre porque su vida y su ser están en manos del Señor del tiempo. Está seguro de que, enmedio de su sueño, oirá una voz: ¡Levántate!. Se me ocurre que son muchos los que duermen y que el creyente -con el espíritu de Jesús- debería ser esa voz que les despierte. A no ser que él mismo esté dormido, cosa que ocurre cuando la fe y la esperanza no conviven en lo más hondo del corazón.