Corpus Christi - B

viernes, 9 de junio de 2006
Éxodo: Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros.
Hebreos: La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia.
MARCOS: Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre.


Descargar Evangelio del Corpus Christi - B:

1 comentarios:

Paco Echevarría at: 09 junio, 2006 07:51 dijo...

CUERPO Y SANGRE (Mc 14,12-16.22-26)

Cuenta san Marcos que Jesús, al comenzar la última cena, partió el pan y entregó un trozo a cada uno de los comensales. Era el modo habitual de empezar la comida entre los judíos. Ese gesto iba acompañado de una bendición. Sin embargo, en esta ocasión, Jesús pronunció unas palabras que daban al rito un sentido nuevo: "Esto es mi cuerpo". A partir de aquel momento, este sería el rito fundamental de la comunidad cristiana. En él Jesús se entrega y hace de la entrega el signo distintivo de sus discípulos. El amor es el valor central del cristianismo y nadie ama más que el que da su vida por aquellos a los que ama. La primera necesidad del ser humano es amar y sentirse amado. La fe añade que el amor es un don. Dios te ama, no por razón de tu bondad, sino por razón de la suya. No es un padre que ama sus buenos hijos, sino un padre bueno que ama a sus hijos. Quien cree y vive esto hace del amor el núcleo de su vida y se convierte en fuente de amor para aquellos que le rodean.

Luego, pasó una copa de vino diciendo: "Esta es mi sangre que va a ser derramada por muchos". Cuenta Ex 24 que, al cerrar el pacto con Dios, Moisés, tras sacrificar unos animales, derramó la mitad de la sangre sobre el altar y la otra mitad sobre el pueblo. Al hacer eso, seguía un ritual de la época nómada con el cual se sellaban los pactos y alianzas, ya que la sangre era símbolo de la vida. Jesús, sustituye la sangre de los animales -simbolizada por el vino- por la suya propia y la antigua alianza, por una nueva. Queda así expresado un segundo aspecto de la Eucaristía: la comunión de vida. La unidad con Cristo y con los demás será, ante el mundo, el signo del amor. San Juan vinculará el mandato nuevo -Amaos como yo os he amado- con la unidad -Que sean uno...- y con la misión de sus discípulos en el mundo -...para que el mundo crea-. La contemplación de la Eucaristía debe ser una meditación sobre cómo vivimos la unidad, un valor esencial en el seno de la Iglesia y de la sociedad. Todo lo que se construye sobre el amor camina hacia la unidad. Lo que divide y enfrenta está construido sobre la soberbia.

Es así como se cierra el círculo: el amor construye la unidad y la unidad engendra la fe. Y es esto lo que nos catapulta a un futuro de plenitud porque sólo los proyectos y las obras que el amor inspira están llamados a ser eternos en la mente de Dios y en la memoria de los hombres. Lo contrario no es el odio, sino el miedo, que es el origen de los mecanismos que subyacen tras todo tipo de perversión como la soberbia, la ira, la avaricia, el odio...

En tiempos de desconcierto y desorientación es bueno y saludable recordar lo esencial, para así recuperar el verdadero fundamento. La Eucaristía, al presentarnos el amor, la comunión con Dios y con los demás y la meta hacia la que caminamos, es buena noticia no sólo para el creyente, sino también para todo hombre de buena voluntad que se pregunte sobre qué cimientos se construye la vida individual y colectiva.