33º Domingo Ordinario - B

jueves, 9 de noviembre de 2006
19 Noviembre 2006

Daniel: Por aquel tiempo se salvará tu pueblo.
Hebreos: Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.
Marcos: Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos.


Descargar Evangelio del 33º Domingo Ordinario - B:

3 comentarios:

{ Manolo Martín de Vargas } at: 09 noviembre, 2006 01:55 dijo...

La parábola de la higuera


Las cosas se pueden ver venir porque no ocurren de golpe, sin avisar. Antes, dan señales y en esos momentos es cuando hay que actuar. A veces, por estar instalados en la rutina llegamos tarde. Por eso necesitamos andar por la vida con los ojos bien abiertos.

Esto es lo que Jesús quiere enseñarnos con esta parábola: la higuera verdeante es un anuncio del Mesías que llega, sus brotes y nueva hojas son el signo precursor de que el invierno ha terminado y comienza una nueva vida. Hay señales que dicen que el Señor está aquí. ¡Llama a la puerta!

Relacionando todo esto con nuestra vida, ¿qué señales nos avisan de riesgos que nos amenazan o de tareas que hemos de acometer? Relaciones de pareja, con los hijos, relaciones sociales, economía familiar, testimonios...

¿Sabemos ver las señales que avisan, advierten o motivan?

Paco Echevarría at: 09 noviembre, 2006 01:57 dijo...

EL FINAL (Mc 13,24-32)


Cuando falta poco para terminar el año litúrgico, la atención se dirige al fin del mundo, un tema que ha preocupado a hombres de todos los tiempos y culturas. Utilizando el lenguaje y la simbología de la apocalíptica de su tiempo, Marcos habla de un modo que -a primera vista- nos inquieta y desasosie¬ga. Del fin del mundo unos tienen una visión catastrofista. Piensan que la historia humana está llamada al fracaso y las grandes desgracias no son sino el castigo de la soberbia y el pecado de los hombres. Cuando todo se haya derrumbado, Dios intervendrá para restaurar todas las cosas y barrer del mundo a los pecadores. Es la idea presente en los milenarismos tan en boga hoy día, predicados y anunciados por algunas sectas. La verdad es que esta visión del mundo y de la historia refleja la imagen de un Dios insensible a las desdichas humanas, pues espera a que todo fracase para intervenir y así demostrar su poder y su fuerza. ¿Qué le impide actuar antes y evitar tanta desgracia y tanto sufrimiento? El Dios de los catastrofistas no tiene nada que ver con el Padre misericordio¬so del que habla Jesús. A éstos les dice que no hagan números pues nadie sabe -ni en el cielo ni en la tierra- el día y la hora, sólo el Padre.

Otros piensan de modo más optimista. Creen que el mundo y la historia caminan hacia su plenitud en un proceso creciente de desarrollo. Para éstos, Dios -como el sembrador- puso buena semilla y ahora sólo espera que la sementera madure para llenar su granero. El mundo terminará y también la historia, pero será para dar paso a una nueva creación. El Dios en el que creen no tiene ya nada que hacer, sólo esperar. Esta mentalidad es la que inspira la Nueva Era, marcada por el pensamiento oriental y la gnosis de los primeros siglos.

La verdad es que sobre el final no sabemos nada. El Apocalipsis y otros escritos bíblicos utilizan, al hablar del tema, un lenguaje simbólico que se nos escapa en gran parte. Además: no es una de las preocupaciones de un cristiano conocer cuándo o cómo será el fin del mundo. La parábola de la higuera expresa nuestra postura ante este tema. Se trata de estar atento y comprender el significado del momento presente. El mundo es un campo de batalla en el que el Reino de Dios trata de abrirse camino en medio de no poca resistencia y oposición. La tentación es desfallecer y abandonar, una vez perdida la esperanza. Las Escrituras dicen que el final -por muy grande que sea la adversidad- siempre será de Dios. Él vendrá y reunirá de los cuatro vientos a los que hayan dispersado las tormentas de la historia. Lo que el Evangelio dice sobre el fin no son, pues, palabras para la inquietud, sino para la confianza. Por mucha que sea la tribulación que nos aguarda, no debemos temer porque el Señor vendrá en nuestra ayuda. Las dos primeras posturas invitan a huir del presente: una por miedo, otra por ilusión. El cristiano sabe que su tarea -su misión- es construir aquí y ahora el Reino de Dios. El futuro está seguro porque está en sus manos.

Anónimo at: 13 noviembre, 2006 11:29 dijo...

Evidentemente, el futuro está asegurado. En esto coincido plenamente con el comentario de PAco. Y la garantia de este aseguramiento está en Cristo resucitado. Promesa y realización del futuro de la humanidad. Pero, y mi futuro, el de mis amigos, familia etc... está asegurado?. Digamos mejor que en este caso, el futuro está diseñado. Asegurado, no. Porque entra en juego el problema de la libertad humana. La capcidad de respuesta de cada uno a las invitaciones del Señor. Y a esas invitaciones hay que estar "atentos", como acertadamente plantea Manolo en su comentario a la Parábola de la Higuera. Nuestra respueta a los signos de los tiempos, ( pobreza, marginación, carencias afectivas, enfermedades etc..), en definitiva, solidaridad con las más desfavorecidos, será la manera de particpar en nuestro tiempo y en nuestra pequeña historia de cada día, en la implantacín del Reino. De esta forma, nuestra llamada al Reino, alcanzará su plenitud.

En ello estamos y debemos estar cada vez más.


Andres.