7º Domingo Ordinario - C

miércoles, 7 de febrero de 2007
18 Febrero 2007

1SAMUEL: El Señor te puso hoy en mis manos, pero yo no he querido atentar contra ti.
1CORINTIOS: Somos imagen del hombre terreno; seremos también imagen del hombre celestial.
LUCAS: Amad a vuestros enemigos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

Descargar Evangelio del 7º Domingo Ordinario - C.

Juan García Muñoz.

2 comentarios:

Manolo Martin de Vargas at: 07 febrero, 2007 23:37 dijo...

"LO CRISTIANO"

Cuando amamos a los que nos aman: la familia, los amigos, el pueblo, los hermanos de la comunidad cristiana, nos asemejamos a los no creyentes, porque este amor surge y se alimenta de modo espontáneo y natural; es normal. Pero, no es "lo cristiano".

Jesús no necesitó enseñar nada nuevo pues todo eso los hombres lo sabían. El habló del amor al enemigo.

Y aquí comienza lo cristiano. El amor al enemigo, personal, social, político, religioso, al que nos odia o nos ve mal, al que no ama porque no sabe hacerlo.

Y nuestra vida no puede ser igual a la de los no creyentes. La lógica humana no es para los que no creen: "la caridad bien entendida empieza por uno mismo", "no hay que dejarse pisar"... Lo nuestro es la superación del amor que nos lleva, en su camino, hasta la cruz de Cristo, hasta comulgar con su cruz, hasta el clamor del perdón hecho en la cruz.

El evangelio nos lo invita y nos lo pide: "vivir como él vivió" (1Jn 2,6), "hacer lo que él hizo" (Jn 13,15), "amar como él amó" (Ef 5,2), "perdonar como él perdonó" (Col 3,13), "tener los sentimientos que tuvo Jesús" (Flp 2,5), "dar nuestra vida por los hermanos como él la dio por nosotros" (1Jn 3,16).

Y también "ser semejante a él porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3,2) Semejantes al que es glorificado y resucitado.

Este es el camino. Esto es lo cristiano.

Paco Echevarria at: 07 febrero, 2007 23:40 dijo...

LOS DISCÍPULOS DE JESÚS (Lc 6,27-38)

Junto con las bienaventuranzas, posiblemente sea Lc 6,27-28 uno de los textos del Nuevo Testamento que mejor recoge el pensamiento específicamente cristiano sobre las relaciones humanas. La segunda parte del sermón, que el evangelista pone en boca de Jesús, agrupa una serie de dichos suyos difíciles de aceptar. Sus palabras parecen más una utopía que una propuesta ética. Según este pasaje evangélico, son cuatro las notas que definen a un discípulo de Cristo: el amor al enemigo, la renuncia a los propios derechos por amor, la capacidad de verse a sí mismo en el otro y la compasión, que es un sentimiento propio de Dios.

El amor al enemigo consiste en devolver bien por mal: hacer el bien al que nos odia, bendecir al que nos maldice y orar por el que nos injuria. Este ideal resulta humanamente imposible si se considera un asunto privado entre cada uno y su enemigo. Pero, si incluimos al Maestro, la cosa cambia y el sentido del texto viene a ser que todo el que mantiene con Jesús una relación profunda y comprometida ama necesariamente a su enemigo y lo trata como a un hermano. Sólo se puede amar al enemigo si se le ve como a un hermano.

El asunto de la mejilla, el manto y la reclamación sugiere que las enseñanzas que siguen se sitúan en el contexto de un tribunal. Vienen a decir: cuando tu enemigo proceda contra ti injustamente, cede tus derechos y nunca procedas contra nadie. La verdad es que -en estos tiempos de tanta violencia- resulta un mensaje demasiado difícil de aceptar. Pero así son las cosas.

La regla de oro -tratar a los demás como queremos que ellos nos traten- es una norma ética que también se aplica al enemigo. Si éste pasa necesidad, hay que echarle una mano. Su validez, por tanto, está fuera de duda, aunque haya quienes piensan que es no se puede aplicar. El Evangelio es como una receta: sólo se sabe lo buena que es cuando se cocina, pero hay quienes -con sólo leerla- creen que no da resultado.

El último rasgo del discípulo es la compasión. En este caso, Dios es el punto de referencia. Se manifiesta en cuatro comportamientos: no juzgar, no condenar, perdonar y dar con generosidad. La compasión es uno de los sentimientos más genuinamente humanos, cuando el corazón está sano. Su ausencia indica un corazón herido, una herida vieja.

Al leer este pasaje de Lucas y proyectar su luz sobre nuestro tiempo, es inevitable sentir una cierta desazón por la lectura del mismo tan acomodaticia que, con frecuencia, hemos hecho los cristianos. Alguien ha dicho que el Evangelio está por estrenar y yo añadiría: desgraciadamente. Porque ¡qué distinto sería el mundo, si las palabras del Maestro de Galilea hubieran calado -no ya en el mundo- sino en el corazón de quienes nos llamamos discípulos suyos!