2º Domingo Cuaresma - C

viernes, 23 de febrero de 2007
4 Marzo 2007

GÉNESIS: Dios hace Alianza con Abrahán.
FILIPENSES: Cristo nos transformará según el modelo de su cuerpo.
LUCAS: Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió.


Descargar Evangelio del 2º Domingo Cuaresma - C.

Juan García Muñoz.

2 comentarios:

Manolo Martin de Vargas at: 23 febrero, 2007 00:11 dijo...

"ESCUCHADLE"

Se nos dijo el miércoles de ceniza: "conviértete y cree en el evangelio". Pero antes de que continúe ese proceso de maduración personal que es toda conversión, es buena la convicción de que no supone tanto una llamada al esfuerzo sino una oferta de Gracia.

Antes de que se dé este "volverse" a Dios, está la conversión -volverse- de Dios al hombre. El, desde dentro de nosotros -santuarios del Espíritu- nos desea y nos busca. "Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en El (1Jn 14,16).

La conversión es posible porque es querida por Dios "que quiere que todos los hombres se salven" (1 Tim 2,4) y "es quien obra en nosotros el querer y el obrar" (Fil 2,13).

Y como la conversión de Dios al hombre es total así debe ser la conversión del hombre a Dios: "Quien dice que permanece en El debe vivir como vivió El" (1 Jn 2,6)

"El nos amó primero" y la respuesta a esa iniciativa de Dios es seguir su mandato: "Escuchadle". Juan Pablo II nos lo decía: "La conversión a Dios consiste en descubrir su misericordia".

Descubrirla en este largo proceso ya que "prosigo mi carrera hasta alcanzar a Cristo Jesús, quien ya me dio alcance" (Fil 3,16).

Paco Echevarria at: 23 febrero, 2007 00:12 dijo...

TRANSFIGURADO (Lc 9,28b-36)


Terminada la etapa de Galilea, Jesús emprende el viaje a Jerusalén para completar allí su obra. Lo acontecido sobre el monte -que luego la tradición identificará con el Tabor- señala el paso de una a otra etapa. El relato está lleno de sugerencias y apunta hacia los acontecimientos que tendrán lugar en la ciudad santa. El monte evoca otros montes importantes de la antigüedad como el Moria -donde Dios se revela a Abrahán- o el Sinaí -donde se reveló a Moisés-, pero con una diferencia cargada de significado: aquí es Jesús quien se revela, no quien recibe la revelación. Los testigos representan los tres tipos de comunidades existentes en la Iglesia primitiva: las de Palestina -Santiago-, las de la diáspora -Pedro- y las joánicas. La transfiguración del rostro y las vestiduras recuerda la transfiguración de Moisés tras contemplar a Dios. Moisés y Elías representan el Antiguo Testamento. La voz es la misma que se oyó en el bautismo, sólo que ahora añade: ¡Escuchadle!

Todos estos elementos configuran un relato cuyo significado es evidente: cuando va a iniciar el camino hacia Jerusalén, donde tendrá lugar su muerte y resurrección, Jesús muestra su identidad oculta. El que había sido presentado en el bautismo como Mesías -Hijo de Dios, poderoso-, ahora es presentado como Maestro, como aquel a quien hay que escuchar y seguir en el camino hacia la cruz y hacia la vida. Él es la revelación plena y definitiva de Dios. Las Escrituras, la Iglesia y el Padre lo atestiguan. La transfiguración marca el comienzo del período del discipulado. El evangelio de Lucas, a partir de este momento está dedicado a mostrar a los seguidores de Jesús cómo se es discípulo.

En este largo proceso, Pedro representa la tentación. Primero propone instalarse en la situación y olvidar Jerusalén, más tarde invitará al Maestro a no entrar en la ciudad y, en el último momento, pondrá sobre la mesa las espadas. Son las tres tentaciones que asaltan al discípulo de Jesús a la hora del seguimiento: ignorar la dimensión sufriente de la vida valorando sólo lo grato de la religión; huir de la dificultad y el compromiso; y recurrir a métodos no evangélicos en la defensa de la fe. Cuando el sentimiento religioso aflora como respuesta a la contemplación de lo maravilloso, el corazón se llena de entusiasmo y aparece la euforia del neófito que suele conducir al fanatismo. Es la ceguera producida por un exceso de luz. En ese caso, es necesario cerrar los ojos y abrir los oídos a la voz susurrante que invita a seguir al Maestro con la cruz cada día. La verdadera transfiguración es la que muestra a Dios con rostro humano. La tentación es disimular lo humano con trazos de divinidad. A los apóstoles se les muestra quién es realmente Jesús para que no sean remisos a la hora de seguirle hasta la cruz.
Pero hay otro aspecto en el asunto que no se debe olvidar y es que la transfiguración sólo es la inversión de la encarnación. No se puede contemplar la grandeza de la divinidad en el Tabor si, primero, no se ha contemplado la pequeñez de la humanidad en Belén. Quien no reconoce a Dios en lo pequeño, tampoco lo encontrará en lo grande.