3º Domingo Cuaresma - C

jueves, 1 de marzo de 2007
11 Marzo 2007

EXODO: ”Yo soy” me envía a vosotros.
1ºCORINTIOS: La vida del pueblo con Moisés en el desierto se escribió para escarmiento nuestro.
LUCAS: Si no so convertís, todos pereceréis de la misma manera.


Descargar Evangelio del 3º Domingo Cuaresma - C.

Juan García Muñoz.

2 comentarios:

Paco Echevarria at: 01 marzo, 2007 16:30 dijo...

LA CARA OCULTA DEL MAL (Lc 13,1-9)

Tomando pretexto de dos hechos históricos -la matanza de devotos en el templo y el derrumbamiento de la torre de Siloé-, quienes siguen a Jesús analizan la catástrofe a partir del principio teológico que decía no haber castigo sin culpa previa. Toda desgracia era vista como el justo castigo de pecados ocultos o manifiestos. Jesús no entra en ese debate, sino que analiza los hechos desde la mentalidad apocalíptica de su época.

Según ésta, toda catástrofe es anuncio del fin. Jesús aprovecha dos grandes desgracias -un acto de crueldad y un accidente- para invitar a la conversión. Para él, la desgracia es una llamada a entrar dentro de nosotros mismos y una oportunidad para volver el corazón a Dios. No es cuestión de ver quienes son culpables y quienes inocentes, sino de comprender el alcance del momento presente como una oportunidad para rectificar el curso de la vida mientras hay tiempo.

Al ser humano le resulta insoportable el absurdo. Por eso, ante el sufrimiento -sobre todo de los inocentes-, mira al cielo y pregunta: ¿por qué? Para unos la respuesta es descorazonadora: choca contra un Dios todopoderoso que permanece insensible ante el dolor de sus criaturas. No es nuevo este planteamiento. Ya Homero decía que los dioses tejen el destino de los mortales para que sufran, mientras que ellos permanecen impasibles. Otros -como los contemporáneos de Jesús- creen que siempre hay un pecado detrás. Creen, por tanto, en un Dios justo que no consiente que nadie viole sus normas. También están quienes dan al sufrimiento un sentido purificador y ven en la desgracia un signo del amor divino hasta el punto de afirmar que la gloria de Dios reposa sobre el que sufre y que el camino que conduce al futuro es el dolor. Creen éstos en un Dios que educa con la vara. Ninguno de ellos conoce al Dios predicado por Jesús que es padre misericordioso y sufre el sufrimiento de sus hijos.

Pero no olvidemos que el verdadero drama no es el mal físico y la desgracia, sino el pecado. Él es el rostro oculto de mal. Jesús -con la parábola de la higuera- sitúa el debate en otro nivel. La verdadera muerte -el verdadero mal- es dejar que la maldad se instale en el corazón. Es falso que el dolor convierta la vida en algo miserable y sin sentido. La mayor de las desgracias no es el sufrimiento -como pensaba Buda-, sino la perversión. Es esto lo que hace a los hombres verdaderamente desgraciados al privarlos de Reino de Dios. Por eso Jesús, ante un enfermo primero sana el espíritu y luego el cuerpo. Una de las contradicciones de nuestro mundo es que, mientras diseñamos una vida exenta de dolor y confundimos placer y felicidad, abandonamos los valores morales y dejamos que el corazón quede como un desierto en el que la anomía -la ausencia de principios y normas- sea la norma.

Manolo Martin de Vargas at: 01 marzo, 2007 16:33 dijo...

UN AÑO MÁS

Jesús llama al arrepentimiento de Israel y no solamente a sus dirigentes. Y la llamada se abre para todos: rechazar definitivamente al pecado, tanto en sus actos aislados como en la actitud, su origen y causa, el fondo del corazón.
Rechazar el pecado es apartarlo para siempre. No contentarse con un pecar más, sino acabar con el pecado metido en el alma para que así cesen los actos aislados.

Jesús sabe que puede cerrarse la puerta (parábolas de las 10 vírgenes y la invitación al banquete) y no quiere que se le cierre a nadie. Y aunque no haya frutos de justicia, aunque sea una vida vacía, por mucho que sea estéril la vida, siempre llama sin dejar de hacerlo. Confía en el hombre, cree en el hombre, en el hombre pecador.

Por eso la bondad de Dios es lo único que puede mover al hombre a la conversión. No es que el hombre al convertirse encuentre la gracia de Dios, sino que la gracia de Dios es la que convierte. Y la gracia aquí es la bondad y la misericordia.

San Pablo advierte de "no recibir en vano la gracia de Dios" (2Cor. 6,1). Por eso: Hay que abandonarse a la gracia.

Y cuando se haga habrá menos angustia y más confianza, en este nuevo plazo que el Señor nos da.