DOM-34A

sábado, 14 de noviembre de 2020
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2 comentarios:

juan antonio at: 15 noviembre, 2020 19:37 dijo...

La semana pasada decíamos que debemos estar preparados, descubrir nuestros dones para servir y que en esta semana se nos daría unas sugerencias de servicios
Celebramos como epilogo del año litúrgico la Fiesta de Cristo Rey del Universo, pero qué Rey, con una corte de analfabetos, menos uno al parecer, el recaudador, no tiene donde reclinar su cabeza cuanto más un palacio, nada de bellas campanillas que le alegren la vida, nada de carruajes, sandalias y mucho es, nada de corona, no, miento, tuvo una y qué corona, de espinas, sus vestidos no tenían lujo, pasaba el hambre de todo pobre que depende de la mano tendida, pero eso sí, era rico en muchas cosas, sobre todo en una, en amor, en compasión, en saber mirar, acompañar, sanar, enseñar, corregir aunque no le entendieran los corregidos, en darse, entregarse, tanto, que le costó la vida porque nos dio un estilo de vida que no encajaba con el sistema.
Pobre Rey tenemos, si humanamente lo miramos, pero ¡qué Señor! si nos paramos a escucharle, a sentir sus sentimientos, sus ternuras con los niños, con los desgraciados, los excluidos…….., todos aquellos que bebían de sus labios la Vida que de él salía a raudales, esos lo entendieron, lo admiraron, lo siguieron hasta pasar hambre y hoy nos dice que su Reino, que no es de este mundo, está en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y encarcelados y acoger a los de fuera y podríamos añadir nuestra casuística particular, como saludar al que no te contesta, sonreír, dispuestos a cualquier carencia de los demás,,….., y por ello seremos bendecidos porque usamos de la compasión, de la misericordia, de nuestra entrega y que ese Reino no es cosa de futuro, del más allá, de luego, no, no, es de ahora, porque el reino no es más que vivir la presencia de Dios y hacer presente a Dios.
Si todo esto constituyera nuestro programa de vida, no habría pobres porque nosotros (ya lo he dicho) estaríamos con los pobres y resulta que no estamos, estamos donde sea, pero no hemos hecho prioridad devolverle la dignidad perdida.
En nuestras manos está, en mis manos está que ese Reino de Dios se haga realidad, ya, o sigamos con nuestra comodidad, saliendo por las ramas de nuestras obligaciones religiosas, que, como los judíos del tiempo de Jesús, cumplimos a rajatabla.
El corazón no tiene límites, el amor no tiene puertas, nuestra compasión y misericordia no tiene muros, somos Hijos de Dios y tenemos en todo la libertad de los hijos de Dios, lo que ocurre es que los oropeles, los códigos, leyes, acuerdos, parafernalias religiosas,……. nos impide ver la verdad de la Vida que la Palabra de Dios nos regala y tener un poquito de evangelio en nuestro día a día.
Señor que, como Buen Pastor, condúcenos a verdes praderas y fuentes tranquilas, por el honor de tu nombre llévanos por el sendero justo y que tu bondad y tu misericordia nos acompañe hasta habitar eternamente en tus moradas.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñanos a decir ¡AMEN!

Maite at: 17 noviembre, 2020 18:57 dijo...

No es fácil evangelizar hoy, anunciar la buena noticia, en nuestro entorno, si recurrimos a la imagen de Jesús como Rey del Universo. Sin embargo, las lecturas que la Iglesia propone para esta solemnidad, para orar, reflexionar, escuchar y contemplar, nos guían e inspiran a la hora de presentar a los demás, de modo especial a quienes más lo necesitan, a Jesús y su reino.

El salmista experimenta a Dios como un buen pastor que cuida de él con dedicación y esmero, con mimo y ternura. El mismo Ezequiel retrata así a Dios: como un pastor que no repara en cuidados con sus ovejas, que vela por las heridas y enfermas, por las sanas y gordas, procurando a cada una lo que necesita.

La experiencia de ambos se parece más a la nuestra, seguidores de Jesús, discípulos suyos y misioneros de un reino donde todos somos hermanos e hijos de un mismo Dios, Padre nuestro, que vela por nosotros y nos cuida, al que conocemos y que nos conoce, a cada uno, por nuestro nombre.

No necesitamos un rey, sino a este Dios que se hizo uno de tantos y pasó haciendo el bien.

Pero su reino, que no es de este mundo, es de quienes le reconocen en sus hermanos, de modo especial en los pobres y pequeños: los hambrientos, sedientos, enfermos, forasteros y presos. De quienes ven en ellos al mismo Jesús, porque está ahí, y en ellos le atienden, protegen y consuelan. Quienes sirven a los más necesitados al igual que Jesús, que vino a servir y no a ser servido.

Los que pasan de largo ante sus hermanos doloridos y enfermos, indigentes, pasan de largo ante Jesús y le desprecian e ignoran en ellos. Se cierran a sí mismos las puertas del reino. Puertas que solo el amor a los hermanos puede abrir.