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Estas hojillas, que podéis bajaros, nacieron en la Parroquia de San Pablo (Fuentepiña, barriada obrera de Huelva) y la siguen varios grupos desde hace años en su reflexión semanal. Queremos ofrecerlas desde la sencillez y el compromiso de seguir a Jesús de Nazaret.
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EL QUE HA DE VENIR (Mt 11,2-11)
Tras hablar –los domingos anteriores– de la necesidad de vigilar para descubrir la importancia del momento que vivimos y la urgencia de volver el corazón a Dios, la liturgia nos recuerda la necesidad de ofrecer signos que acompañan a la conversión y, por ello, a la salvación. Éstos son siempre signos de liberación. Jesús –en la respuesta que da a Juan– hace referencia a diversos textos de Isaías de contenido similar a la profecía que se aplicó a sí mismo en Nazaret: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres.
Decía Martín Buber –creo que en los 70– que vivimos un eclipse cultural de Dios –no un ocaso–, un oscurecimiento de la luz del cielo porque impide que llegue a nosotros. Es como si el mundo quisiera vivir ajeno a lo divino, de espaldas a la transcendencia, en una especie de alejamiento de lo sagrado. Lo cual no es precisamente una suerte, porque cuando no se cree en Dios, se cree en cualquier cosa. La razón es que la existencia no es soportable sin el espíritu, sin conectar con la fuente de la vida. La proliferación de sectas y grupos religiosos o pseudo-religiosos, en pleno eclipse de lo divino, no es sino una manera de llenar el vacío creado. El reto que la vida plantea hoy a los creyentes es mostrar al mundo la salvación, algo que sólo es posible con los signos que la acompañan. Ésa es la única manera de que el ser humano entienda la grandeza de lo que se le ofrece. Sólo así será posible que el alba del milenio sea también el alba de la apertura de espíritu a lo divino. El mundo de hoy reclama a los discípulos de Jesús de Nazaret que muestren los signos que acompañaron el primer anuncio.
Juan Bautista preguntó: ¿Eres tú el que ha de venir? Nosotros oímos en nuestro tiempo una pregunta similar: ¿Dónde está el que ha venido? ¿Quién ha recogido su herencia? ¿Quién continúa su tarea? Hay un profeta –sin nombre ni rostro– que nos hace cada día esas preguntas a los creyentes. La respuesta que hemos de dar no son palabras, sino gestos; no es doctrina, sino compromiso; no es teología, sino vida.
Vivimos en el tiempo de los milagros, no porque estos existan, sino porque se han hecho necesarios. Me refiero a los milagros del amor auténtico: que vean la luz los ciegos, que puedan caminar los cojos, que los leprosos queden limpios, que los niños puedan nacer, que los ancianos puedan morir rodeados de ternura, que se dé trabajo a los parados, que se pueda pasear sin terror, que no sea necesario buscar comida en los contenedores de basura ni dormir debajo de cartones, que la mujer no sea maltratada, que el inmigrante sea acogido... Vivimos el tiempo de los signos -el tiempo de los milagros- porque sobran las palabras ¡y las promesas! Con el eclipse de Dios cae la noche sobre la tierra y el ser humano deambula perdido en la oscuridad. Sólo amanecerá, si despunta de nuevo en el horizonte el amor.
Pero no creamos que la situación actual es un reto sólo para la Iglesia. Quienes han recibido del pueblo el poder para remediar sus males –los del pueblo, no los suyos propios o los de su partido– tienen ante sí un dilema de conciencia: o se convierten en matronas de un mundo nuevo y mejor o en saturnos celosos de ese poder que no dudan en devorar a sus hijos. ¡Dejaros ya de tonterías y de pelearos entre vosotros y emplead vuestro tiempo, energía y sabiduría en luchar juntos contra los problemas hasta hallar una solución! Para eso os ha elegido el pueblo y para eso os paga vuestros sueldos.
ADVIENTO: TIEMPO DE ESPERA, PAZ Y TOLERANCIA
El pueblo de Israel, invadido por otros pueblos, sufrió el tener que vivir deportado.
En esa lamentable situación, Isaías les recordó las bondades del Señor, les aconsejó que no se desanimaran, tuvieran esperanza, levantaran el espíritu porque Él les ayudaría y porque comportándose así, cuando llegara ese día, ellos estarían preparados para el regreso.
Pasaron los años, el pueblo seguía viviendo esperanzado con la venida del Mesías pero se presentó el Bautista y, con sus formas de hablar y comportarse, les generó unas expectativas positivas muy grandes. Esta realidad inquietó a los gobernantes invasores porque lo consideraron un peligro social, lo metieron en prisión y él, desde ella, envió a sus discípulos a Jesús para que le preguntaran si era el Mesías esperado pero Él les respondió con la prueba irrefutable de lo que hacía: Los ciegos ven, los cojos andan… ¿Necesitaban más pruebas para reconocerlo?
Cuando se marcharon, Jesús les habló de Juan y lo confirmó como el más grande de los profetas nacidos de mujer.
A Juan lo perdió el sentimiento de intolerancia que ahora también nos acompaña, el temor a que otros nos hagan tener que abandonar la situación de poder y comodidad que disfrutamos.
Más adelante, Santiago les recomendó que fueran pacientes con el anuncio de la venida del Señor y les puso como ejemplo las prácticas del agricultor, éste no puede sembrar y al día siguiente ir a recoger la cosecha porque todo necesita tener un tiempo de preparación, cuidados, maduración, espera y recolección.
Igual ocurre con nuestras inquietudes religiosas pues, si somos responsables y por las respuestas que damos, nadie nos tendrá que decir si lo estamos haciendo bien o mal y sí seremos premiados o no.
¿Tenemos que esperar a otro?
Hoy en día se escucha, con frecuencia, que nuestro mundo está brutalmente polarizado. Es una situación grave, pues la polarización arrasa con la escucha y el diálogo entre diferencias y diversidades. Impide la convivencia en paz y deforma lo que toca. La realidad deja de ser tal para convertirse en un espejismo de película de terror. También se dice que estas circunstancias son el mejor caldo de cultivo para los populismos. Y es que todos esperamos algo o a alguien que pueda mejorar las cosas y encaminarnos a un nuevo orden mundial, de forma rápida e indolora, a ser posible.
Algo parecido sucedía en los días del Bautista. También él estaba a la espera de uno que había de llegar, e hizo de ella su buque insignia, y de la preparación del camino al que llegaba, su misión personal. Empezó, por ello, toda una tarea de desbrozamiento, de quema de rastrojos y limpieza de inmundicias, valiéndose de un verbo osado, valiente, cortante y afilado. Bien pertrechado con la garantía que le daba una coherencia personal de vida intachable, sobria y austera, y la negación de un status de poder que rehusaba asumir.
Pero el Bautista, como tantos creyentes de hoy en día, se sintió defraudado, de alguna manera, por Jesús. O, por lo menos, decepcionado, sorprendido, descolocado. Daba la impresión de que Jesús, el que venía a bautizar con Espíritu Santo y fuego, no daba la talla; no revolucionaba nada a su paso, no cortaba de raíz las malas hierbas, ni arrasaba con la podredumbre de la sociedad de entonces. No solucionaba nada y nada cambiaba a su paso. Su mensaje resonaba blandito y raro.
Son muchos los que todavía esperan un dios espectacular que, en plan Atila, no deje ni crecer la hierba allá por donde pasa a galope tendido. Pero el camino para que se haga presente y se manifieste, no pasa por arrancar y derruir, sino por allanar valles y abajar montañas, por suavizar bordes y limar asperezas. Por no quejarnos los unos de los otros, como apunta Pablo, por fortalecer las manos débiles y afianzar las rodillas vacilantes; tranquilizar a los inquietos y dar luz a los que no ven; ser artífices de gozo y alegría y no de pena y aflicción, al decir del profeta. Ahí está Dios.
A Dios se le reconoce en el Amor y la paz, la compasión y el perdón. Y los que son suyos, hacen sus obras y no otras.
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