PENTECOSTES-A

domingo, 17 de mayo de 2026
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2 comentarios:

Paco Echevarría at: 19 mayo, 2026 07:34 dijo...

HOMBRES DEL ESPÍRITU (Jn 20,19-23)

Con la venida del Espíritu sobre María y los Apóstoles empezó el tiempo de la Iglesia. El evangelio de Juan que se lee el domingo de Pentecostés recoge las claves de este tiempo resumidas en cuatro palabras: paz, misión, espíritu y perdón.

La paz es el saludo del Resucitado y el rasgo más importante de los nuevos tiempos. Paz en el corazón de cada hombre, paz en los pueblos, paz en el mundo. Duele que un deseo tan humano y sincero no encuentre eco ni respuesta en quienes hoy deciden el destino de los hombres porque siguen creyendo más en el ruido de las armas que en la melodía de las palabras, más en el enfrentamiento que en el entendimiento, más en el odio que en el amor. La guerra que sufren los pueblos -lejos y cerca de nosotros- es una herida abierta en nuestra propia carne -aunque ya nos estemos acostumbrando- porque, como decía Terencio, nada humano nos es ajeno y, como dice la Gaudium et Spes, los gozos y las tristezas de los hombres son gozos y tristezas de los hijos de la Iglesia. Jesús de Nazaret sigue predicando incansable su mensaje de paz, aunque los hombres -después de veinte siglos- sigan ignorando su voz.


La misión de los cristianos es transmitir a todos los hombres esa paz; el modo de hacerlo es por medio de la reconciliación. Por eso les encarga la tarea de perdonar los pecados: porque el peor de los conflictos, el origen de todos ellos y de todos los males que turban la paz, es el pecado -la cerrazón aislante y segregadora del hombre tanto frente a Dios, su fundamento existencial, como frente a sus semejantes-. La victoria de Cristo sobre el mundo apunta a la definitiva y radical superación del origen de los conflictos. Si el resucitado habla de paz es porque la reconciliación es ya un hecho. En estos tiempos -en los que el pensamiento político de algunos grupos siembra división y segregación entre los hombres por razones de nacimiento en una determinada tierra, de lengua, religión o cultura- necesitamos atender la voz de quienes prefieren hablar de perdón y de reconciliación. Sólo así construiremos el mundo nuevo en que los hijos no tengan que sufrir el castigo del pecado de sus padres.

Para que cumplan eficazmente la misión, Jesús entrega a los suyos el Espíritu. Sopla sobre ellos -como el Creador sobre la figura de barro que había formado- para indicar que son los hombres nuevos, la semilla de una nueva humanidad. La fuerza de lo alto viene a suplir la debilidad de lo humano porque es tarea difícil y muy costosa convencer a los hombres -atrapados en el miedo- del mensaje de vida que brota del sepulcro del resucitado.

{ Maite } at: 21 mayo, 2026 21:50 dijo...

SOPLA, SEÑOR, TE LO PIDO
Hay una preciosa canción al Espíritu que se titula “Fruto nuevo de tu cielo”, pero en sus muchas versiones de Youtube suele encontrarse como “Sopla”, por las primeras palabras del canto. Dice así:

“Sopla, Señor, te lo pido, quédate esta noche en mi alma, pues solo tu amor y abrigo me dará consuelo y calma”. El mismo Jesús lo dijo: era necesario que él se marchara y que viniera el Espíritu. Para el evangelista Juan, la efusión del Espíritu se da a través de ese soplo que evoca las primeras páginas de la Biblia, la creación del hombre, y apunta así a la nueva creación. Los discípulos, atenazados por el miedo y con el alma sumida en la noche de la angustia, encontrarán, en el don del Espíritu, amor y abrigo, consuelo y calma; la verdadera alegría y la paz del Señor, que florecen y permanecen en el interior, sin depender de las vicisitudes exteriores.

“Sopla, Señor, sopla fuerte, envuélveme con tu brisa, y en tu Espíritu renuévame, hazme libre en tu sonrisa. A pesar de mis caídas, hazme fiel a tus promesas. Sopla, Señor, en mi vida, y arráncame esta tristeza”. Una brisa suave, para barrer las resistencias, o un viento impetuoso, si estas son especialmente fuertes; el Espíritu, señor y dador de vida, siempre viene a renovar, a liberar y desatar, a llenar de alegría y de vida nueva. No le paran al Espíritu las caídas, las limitaciones ni la vulnerabilidad. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito y guía al que tuerce el sendero.

“Sopla, Señor, tu grandeza; hazte viento, y bautízame en tu nombre; llámame a servir, Maestro, hazme fiel entre los hombres. Toma mi vida en tus manos, mis sueños, mi amor, mi todo, mis cansancios, mis pecados y moldéame a tu modo”. El Espíritu es el que recuerda todo lo que Jesús ha dicho y lleva a encarnarlo en la propia vida. Concede la gracia de la fraternidad, de ver hermanos y hermanas donde antes solo se veían competidores o directamente amenazas; hombres y mujeres a los que cuidar y por quienes velar para que también ellos lleguen a la plenitud de hijos de Dios. Para eso hay que vaciarse de todo lo propio, hasta de lo más bello y mejor, para dejarse hacer y llevar, mover y empujar en docilidad absoluta; transformar y recrear en orden a vivir en y para la comunión.

“Sopla, Señor, y hazte canto, pon tu Palabra en mis manos; en ellas tu Providencia y bendice a mis hermanos. Quiero ser de tu árbol rama, fruto nuevo de tu cielo, que madura en tu Palabra como un ave en pleno vuelo”. El Espíritu hace mucho más que mover, inspirar e iluminar, también canta un canto nuevo, el de las maravillas de Dios: su proyecto de amor y misericordia que llega a todos, que solo busca ser aceptado y acogido en gratuidad, y llevar a cada persona a la plenitud de su humanidad, de su filiación e identificación con Cristo. Hace misioneros y testigos, místicos enamorados, fascinados y apasionados por el reino, anunciadores de la buena noticia. Bendición de Jesús y caricia del Padre.