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Estas hojillas, que podéis bajaros, nacieron en la Parroquia de San Pablo (Fuentepiña, barriada obrera de Huelva) y la siguen varios grupos desde hace años en su reflexión semanal. Queremos ofrecerlas desde la sencillez y el compromiso de seguir a Jesús de Nazaret.
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EL SEGUIMIENTO DE JESÚS (Mt 16,21-27)
Como buen pedagogo, Jesús no se mostró a sus discípulos de una vez, sino poco a poco, en la medida en que estaban preparados para conocer lo que se refería a su destino. Esperó a que tuvieran claro que era el mesías esperado para hablar de su pasión y muerte. Ya anteriormente les había advertido que iba a tener dificultades (Mt 10,24s), pero jamás se pudieron imaginar el tipo de problemas que le aguardaban. Cuando emprenden el camino hacia Jerusalén donde van a tener lugar hechos difíciles de entender y de aceptar, Jesús habla abiertamente de la muerte que le aguarda. No disimula la crudeza de las cosas para evitarles decepciones o desengaños, sino que habla crudamente.
La reacción de Pedro -“No permita Dios que te pase nada de eso”- indica que lo entendieron perfectamente. Pero la respuesta de Jesús no puede ser más clara: “Apártate de mi, Satanás. Piensas como los hombres, no como Dios”. El Satán era el ministro de la corte divina encargado de tentar a los hombres para comprobar su fidelidad -con el tiempo pasó a ser uno de los nombres del diablo-. Pedro está poniendo tropiezos a Jesús en el cumplimiento de su misión porque su entender se ajusta más a los criterios de los hombres que a los criterios de Dios. Y es que resulta muy difícil a la lógica humana entender la cruz y más aún que sea el camino hacia la vida. El escándalo de la cruz es uno de los argumentos que se utilizan para rechazar a Dios, porque -dicen- o Dios puede evitar el sufrimiento y no quiere hacerlo -lo que indica que no es bueno- o quiere evitarlo, pero no puede hacer -lo que indica que no es poderoso-. En ningún caso es Dios. La argumentación es ingeniosa, pero no resuelve nada: ni el problema del sufrimiento ni el interrogante sobre Dios.
En las palabras que siguen, Jesús expone su punto de vista siguiendo la lógica de Dios. Seguirle a él exige la renuncia a sí mismo, que no es resignación, sino elección. No se trata de aguantarse con el malestar de las cosas, sino de renunciar libre y alegremente a lo pasajero para alcanzar lo permanente. Hay un dicho popular que refleja este pensamiento: No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. El que no renuncia a algo, no puede conseguir algo; el que lo pretenda todo tiene que renunciar a todo. No es un trabalenguas ni un acertijo; es una ley de la vida. La segunda condición es cargar con la cruz. La cruz de la que aquí se habla se refiere a la del seguimiento de Jesús, es decir, a las dificultades que conlleva creer en él. La tercera condición es seguir sus pasos. No se trata de ganar el mundo -¿de qué sirve si se pierde la vida?-, sino de servir al reino de Dios, que no conlleva grandeza humana sino humilde servicio a los más pobres.
Éste era el estilo de Jesús: claro y radical. Disimular las exigencias para conseguir seguidores sólo es una manera de ahorrar para el fracaso.
EL SUFRIMIENTO Y LA MUERTE, O EL AMOR Y LA VIDA
“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido”.
Y de ese encuentro contigo sólo puede surgir la vida. Haces de mí un lugar sagrado, santo, en el que deseas habitar. Me descolocas, quieres que toda mi vida hable de tí. Yo quiero comprenderte, y Tú sólo quieres amarme.
En mi pequeñez, en mi debilidad, en mis tropiezos, en mi fragilidad, en mi sufrimiento… ahí estás Tú, queriendo actuar. Ya no puedo dejar de seguirte.
“Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios”.
Me pides que confíe y que me ponga en tus manos. Me duelen el sufrimiento y la muerte, pero mis pérdidas son ganancia para ti. Vienes a salvarme una y otra vez, a curar mis heridas. Tú amor me transforma. Yo sólo quiero hacer lo que te sea agradable.
“...qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.”
Me enseñas la Cruz. Para resucitar y vivir, hay que morir. Quieres que te siga, la iniciativa es tuya.
“Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.
La respuesta es mía: tu amor no me ha dejado indiferente, te seguiré, muéstrame el camino.
PIEDRA DE TROPIEZO
Quienes seguimos a Jesús y queremos ser discípulos suyos hemos de cultivar, y buena falta nos hace, la capacidad de escucha. Pedro ha oído hablar a Jesús de un futuro de dolor y muerte, y no le ha sonado bien. Tampoco ha escuchado bien. No se ha olvidado de sí mismo para empatizar con el Maestro. No ha callado sus propios intereses para hacerse cargo de los de Jesús. No ha intentado ofrecer un apoyo incondicional nacido de la comprensión profunda. Por eso, a pesar de su buena voluntad, se convierte para Jesús en piedra de tropiezo.
Es un triste papel que hacemos más veces de las que creemos. Ante la confianza de alguien que comparte algo suyo con nosotros, abundamos en consejos que no se nos han pedido, en observaciones que tampoco ayudan mucho, en comentarios que demuestran qué poco recorrido ha tenido nuestra escucha. Por eso, en vez de ayudar a sacar a la luz lo mejor del otro, a potenciar sus fortalezas escondidas, a acompañarle en su camino aportando esperanza, nos convertimos en piedra de tropiezo. En lugar de ser canal hacia Dios, parecemos empeñarnos en empujar en la dirección contraria sugiriendo o alentando posturas u opciones muy alejadas del evangelio y sus valores. Todo aquello que redunda en crecimiento del ego y toda su corte.
Nos convertimos entonces en portavoces de la tentación y, además de estar equivocados, inducimos a error a los demás.
Qué oportunas se revelan en este contexto las palabras de Pablo, que exhortan a discernir, escuchar con atención, lo que nos aporta luz sobre qué es lo que Dios quiere. Y ser así canal de su gracia en vez de piedra de tropiezo.
Qué buena, también, la actitud contemplativa, orante, de escucha atenta, del salmista; que centra todo su ser en Dios, fundamento de su vida entera.
Impresionante, el alegato del profeta, herido por la palabra del Señor, subyugado por ella e identificado con quien le ha atrapado con el fuego de la pasión.
Con el amor de Dios anclado en el alma evitaremos ser piedra de tropiezo y podremos irradiar un poquito de luz.
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