DOMINGO 24-A

domingo, 6 de septiembre de 2026
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3 comentarios:

Paco Echevarría at: 06 septiembre, 2026 08:55 dijo...

SI TU HERMANO TE OFENDE
(Mt 18,21-35)

Tras hablar de la corrección del pecador, Jesús aborda un tema delicado en la vida de la comunidad cristiana: el de las ofensas mutuas. No pregunta Pedro sobre el deber de perdonar, sino sobre la medida del perdón -¿cuántas veces?-. Las palabras de Jesús y su postura ante los pecadores eran una invitación al perdón sin medida. La pregunta de Pedro refleja desconcierto y una cierta resistencia ante una exigencia semejante.
Detrás de la respuesta de Jesús está -con toda probabilidad- Gn 4,24, donde Lamec -el quinto descendiente de Caín- dice que, si su antepasado fue vengado siete veces, él lo será setenta veces siete. Este texto ilustra la difusión de la violencia. Tras el pecado de Caín, se desatan en el mundo las fuerzas del mal y los hombres corren el riesgo de destruirse mutuamente. Dios pone límite a ese desatino y amenaza con un gran castigo al que mate a Caín. Lamec reclama para sí mayores poderes y anuncia un castigo feroz y desmedido contra sus adversarios. Es el comienzo del gran desorden de la creación.
Perdonar siete veces era una manera de decir que el perdón es una exigencia de la caridad y no de la justicia. Pero Pedro pretende que se fijen los límites. La respuesta de Jesús alude a una ilimitada disposición para perdonar. La condición humana no posee el equilibrio necesario para evitar la rueda de la violencia; por eso no se puede tasar el perdón como no se puede tasar la venganza. No es cuestión de cantidades. Lo que falla es el sistema. Si se legitima la venganza, la violencia ejercida se convierte en razón de una nueva venganza y así una y otra vez. De esta manera crece la violencia y el odio. El mal se reproduce de mil maneras y un pecado siempre da lugar a otro. La postura de Jesús es una invitación a reformar los criterios. Sólo el perdón sin límites puede detener la rueda del odio. San Pablo lo dirá de otra manera: “No de dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien” (Rm 12,21).
La parábola con la que ilustra su enseñanza viene a aclarar el fondo de la cuestión: si Dios actuara poniendo límites a su misericordia ¿quien podría salvarse? Ante él todos somos pecadores y todos necesitamos el perdón. La consecuencia lógica es que tratemos a los demás como nosotros somos tratados. Para explicar la doctrina, Jesús recurre a la exageración. La deuda contraída por el funcionario es impensable -diez mil talentos al precio de la plata hoy serían unos diez millones de dólares-, como impensable es saldarla. Sólo es posible perdonarla.
Alguno pensará que es utopía y que semejante postura ante la ofensa daría lugar a un mundo en el que abundaría el delito y dominarían los hombres sin escrúpulos. Pero ¿acaso el régimen de la venganza ha resuelto el problema de la maldad? ¿Acaso la justicia ha erradicado el delito o la venganza ha acabado con las ofensas?

Lucía at: 11 septiembre, 2026 08:55 dijo...

Hace unos días fui testigo de una escena familiar, un reencuentro afectuoso tras años de tensiones y diferencias familiares. Contemplándola me di cuenta de que al final, cuando la memoria va borrando poco a poco lo vivido, también las ofensas y el resentimiento, sólo permanece el Amor.

“El amor es paciente, es amable, no es envidioso ni fanfarrón, no es orgulloso ni destemplado, no busca su interés, no se irrita, no apunta las ofensas, no se alegra de la injusticia, se alegra de la verdad. Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca acabará”. (1ªCor 13, 4-8)

Las lecturas de este domingo son para mí hoy una invitación a sumergirme en el infinito amor de Dios a través de la fuerza del perdón. El perdón es ese movimiento que tiene su máxima expresión en la Cruz, en donde como dice san Pablo, con su sacrificio Dios nos ha hecho suyos para siempre. Es la diferencia entre vivir para uno mismo (“la ley del talión, ojo por ojo...”), o vivir para Dios (“amad como Yo os he amado”), con la certeza de que mi vida es suya.

Jesús me enseña a vivir desde el amor y el perdón sin medidas. Pero yo difícilmente podré tener esa mirada compasiva y misericordiosa de Dios si no experimento en mí la gracia de sentir su ternura, su amor, su perdón… en los pequeños acontecimientos de cada día. Y como la samaritana junto al pozo de Jacob, pedirle de ese agua con la que ya “no tendré sed jamás”, y que en mi interior será “manantial que brota dando vida eterna”.

Y ese agua hará nacer poco a poco en mi interior un deseo profundo de parecerme a Él, y que mi vida sea transparencia suya en el mundo.

¡Señor, dame de ese agua!

{ Maite } at: 11 septiembre, 2026 23:11 dijo...

A DIOS SE LE CONOCE EN EL PERDÓN
Cuando Jacob se reencuentra con Esaú, después de años fuera, y experimenta su perdón, tras mucho tiempo de enemistad y rencor, exclama: “Tu rostro es para mí el rostro de Dios”. A Dios se le conoce en el perdón y, cuando perdonamos, reflejamos su semblante.

No siempre será posible, ni conveniente, verbalizar ese perdón. Puede llevar su tiempo. Pero sí es necesario trabajarlo en el propio corazón para evitar envenenarlo.

Solo desde la experiencia del perdón de Dios podremos perdonar. Y en más de una ocasión, deberemos hacerlo con nosotros mismos, en primer lugar, con Dios y con los demás. Si no sabemos perdonarnos, difícilmente podremos perdonar a nadie más. Y cargamos con más culpas de las que creemos, pues habitan nuestra zona inconsciente. Desde ahí, impiden que salgamos al encuentro del otro con un corazón capaz de perdonar.

También a veces nos cuesta perdonar a Dios, aunque suene algo raro; y tampoco lo hacemos de forma explícita. Pero, nos cuesta aceptarle tal como es y no le dejamos ser quien es en nuestra vida. Queremos poner todo en sus manos, pero no soltamos casi nada.

Nuestro perdón puede salvar a un hermano, y la falta de él acaba con nosotros carcomiéndonos por dentro. A Dios se le conoce en el perdón, porque es lo que mejor refleja su paternidad, su amor a fondo perdido. Y nosotros, somos más humanos y más divinos cuando perdonamos.