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domingo, 24 de agosto de 2025
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3 comentarios:

Paco Echevarría at: 24 agosto, 2025 22:10 dijo...

EL PRIMER PUESTO (Lc 14,7-14)

Eran sus adversarios desde el punto de vista religioso, pero como lo cortés no quita lo valiente, Jesús comía con los fariseos, como lo hacía con los pecadores y gente de mal vivir, por aquello de que las diferencias en los planteamientos no restan importancia a la educación y los buenos modales. Pero no era hombre de perder el tiempo en cumplidos y, por eso, aprovecha para decir lo que piensa sobre eso de buscar los primeros puestos en la sociedad.

A muchos les ocurre como a los fariseos: que van por la vida con su importancia colgada de la cara y no consienten que nada ni nadie venga a rebajar lo que consideran signos de reconocimiento. Creen ingenuamente que una mejor posición social redunda en mayor dignidad y grandeza. Y puede que así sea en asuntos del mundo, pero no a los ojos del profeta de Nazaret que lo considera un gran error y grave engaño. Por eso da consejos de prudencia y sentido común: “No corras demasiado –viene a decir– buscando honores, que puedes terminar haciendo el ridículo. Ve despacio y lograrás ocupar el sitio que te corresponde”. En otro lugar, otro personaje –su madre– viene a decir lo mismo: Dios derriba a los grandes y exalta a los sencillos.

Eso de buscar la gloria de este mundo es asunto de todos los días y muchos parecen vivir para eso. Son esclavos de la imagen que se han creado y se pasan la vida alimentándola y retocándola para que no se deteriore. Se han identificado de tal manera con esa imagen que terminan siendo personajes, pero no personas. Son como esos actores cuyo arte les permite interpretar cualquier papel. Pero eso –que está muy bien en el teatro– es una forma de engañarse a sí mismo en la vida y, a la larga, cuando el telón baja, sólo deja vacío e insatisfacción. Más vale ser persona que ser importante. Lo otro son añadiduras.

Se debe esto a que todo lo humano termina envejeciendo y los grandes hombres, como los pequeños, terminan olvidados. Todo pasa, incluso la apariencia. Sólo Dios permanece para siempre. Por eso Jesús insistía tanto en que había que buscar antes que nada el reino de Dios y su justicia. Y a Pablo le traía sin cuidado la gloria que dan los hombres. Según él, la única gloria que merece la pena es la que viene de Dios porque ésa sí es eterna.

Las últimas palabras de Jesús vienen a completar su pensamiento: “Cuando hagas el bien, hazlo generosamente”, es decir, sin buscar reciprocidad ni agradecimientos. Esto también es gloria vana que no lleva a nada. Haz el bien a quienes realmente lo necesiten, aunque no puedan compensar tu generosidad. Esa es la verdadera gloria del corazón humano. Todo se reduce a una cosa: si buscas la verdadera grandeza, sé humilde y generoso. No corras tras la fama ni anheles la gratitud, si quieres vivir en paz. Una y otra son como la huella de un pie en la arena.

Paco Pérez at: 26 agosto, 2025 18:28 dijo...

HUMILDAD Y SENCILLEZ, LA RESPUESTA
Quienes son humildes y sencillos no cometen el error de verse arrastrados por el egoísmo que nos empuja a desear aumentar las propiedades, a ocupar los primeros sillones en los actos sociales o a tomar el timón del poder. Los ambiciosos hacen lo contrario y nos enseñan lo que no se debe hacer.
Otros frecuentan el arte de aparentar lo que no son mostrando una imagen diferente de su realidad. Estas personas olvidan o ignoran que esos comportamientos chocan con las enseñanzas de Jesús, la sencillez y la humildad son la respuesta.
Jesús fue invitado a comer en la casa de un fariseo, algo chocante pero una práctica frecuente en aquella cultura… ¿Por qué?
Porque valoraban mucho el acoger al viajero, intercambiar conocimientos culturales, debatir sobre la actualidad, posicionarse sobre los temas hablados… Él observó el mal comportamiento de los asistentes e intentó corregirlos, lo hizo con una parábola y en ella les mostró la falsedad que rige el comportamiento humano: “Tanto tienes, tanto vales” o “doy a quienes me dan”.
Con ella les enseñó el poco valor que tiene invitar a quienes les van a devolver la invitación después pero que sí tiene mucho valor invitar a quienes no poseen nada pues éstos no podrán devolverles jamás la gentileza.
También les recordó lo importante que es ser humildes: [Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.].
En la carta a los hebreos se nos recuerda que Dios se manifestó a su pueblo con formas diferentes.
En el Sinaí, impresionó a las personas con los elementos inesperados que acompañaban a sus palabras y ellos los rechazaron porque se asustaron.
En Jerusalén, el pueblo conoció las bondades de Jesús, al mostrarse y actuando, en su doble condición de hombre y Dios.
En ambas vivencias Dios mostró su plan, ahora nos corresponde responderle.

{ Maite } at: 27 agosto, 2025 11:44 dijo...

EL BANQUETE
Los profetas creían que cuando la salvación alcanzara a todos los pueblos, todos se reunirían en un gran banquete, repleto a rebosar de manjares enjundiosos y vinos generosos. El anfitrión de tan excelente comida es Dios, y los invitados vienen de todas partes, y todos comparten la generosidad y la esplendidez del que los une y reúne.

Los que se sientan a la mesa y la comparten se consideran iguales entre sí. Por eso, en los tiempos evangélicos, no podía uno sentarse a la mesa de cualquiera, y solo se podían aceptar invitaciones a comer según de quién procedieran. Esto le causó a Jesús más de un problema y bastantes habladurías y desprecios. Se había olvidado ya, por estas fechas, la amplitud de miras de los profetas, y Dios no era ya el anfitrión generoso y espléndido de otros tiempos.

Jesús se empeñaba en sentarse a la mesa con los pecadores, y ahí aceptaba las muestras de amor de quien tuviera a bien hacerlas, aunque consistieran en derramar sobre sus pies caros perfumes y lágrimas de dolor y amor.
Jesús valora la fiesta, la mesa compartida y la amistad. Y sabe que somos hijos de un padre inmensamente generoso. Por eso, siguiendo su estela, nos invita a convertirnos en anfitriones y organizar banquetes para quienes no pueden correspondernos. Jesús opina que invitar para ser invitados, o hacerlo a quienes pueden y van a corresponder no tiene sentido ni valor para un hijo de Dios. Para otro sí, desde luego; pero nosotros nos movemos en otra dimensión.

Nosotros gozamos del banquete de la vida nueva, de la alegría, de la fraternidad, de la unión con Dios, que se abaja a compartirlo todo con nosotros; sobre todo, el pan y el vino de la Eucaristía, su Palabra y su Espíritu. Y todo ello para juntarnos a todos en la misma mesa y la misma fiesta de amistad. Quien tiene conciencia de toda esta gracia, de este regalo, este don inmenso, no puede sino compartir y hacer extensiva su felicidad y la vida que le desborda. Y hacerlo, de modo especial, con los más desfavorecidos, con quienes no pueden corresponder.

Como Jesús, el mejor banquete al que invitar somos nosotros mismos; pan partido, como él, y sangre derramada. Y las viandas y bebidas más exquisitas son las de nuestra sonrisa y acogida, nuestro tiempo, nuestra alegría y generosidad, nuestra amplitud de miras y nuestra negativa a juzgar y prejuzgar, a quejarnos y lamentarnos sin fin. El mejor banquete que podemos organizar es aquel en el que somos todos los platos y no queda una miga, aquel que nadie puede ni tiene que pagar. Ese al que acuden todos y todos se sienten acogidos y valorados por ser quienes son.