DOM-34C

domingo, 16 de noviembre de 2025
DESCARGAR

3 comentarios:

Paco Echeverría at: 16 noviembre, 2025 08:31 dijo...

LA UTOPÍA DEL REINO (Lc 23,35-43)

La predicación de Jesús se reducía a una sola cosa: “El reino de Dios está cerca”. No se refería, evidentemente, a que Dios iba a instaurar una teocracia sobre la tierra –“Mi reino no es de este mundo” dice en otro momento–, sino al cumplimiento de su voluntad, que no es otra que el bien del ser humano, su mejor creación, su obra más perfecta. Y habla así porque, en su tiempo –y en el nuestro– las cosas no eran de esa manera. La vida social estaba organizada de manera que entre los humanos no existía la armonía que el Creador había previsto: mal uso del poder por parte de las autoridades que, en vez de ocuparse de la defensa de los débiles, servían a sus intereses personales o de grupo; profundas diferencias sociales debido a que, mientras unos nadaban en la abundancia, otros se ahogaban en la miseria; marginación social y religiosa de quienes eran considerados indignos; desprecio del pobre o del enfermo como un ser olvidado de Dios; etc.

Él propone un modo de vivir alternativo en el que los que manden se dediquen al pueblo; en el que los fuertes empleen su fuerza en servir a los débiles; en el que nadie carezca de lo necesario porque los que poseen bienes no se dejan atrapar el corazón por ellos, sino que prefieren compartir; en el que nadie se sienta extraño porque todos tienen conciencia de que son hermanos, hijos del mismo Padre... Un mundo así es –a su juicio– un mundo feliz. Y no duda en decirlo abiertamente: “Dichosos los pobres de espíritu, dichosos los pacíficos, los misericordiosos...”.

Las bienaventuranzas constituyen el programa de vida de los ciudadanos de ese reino. La primera de ellas señala la actitud básica: la del pobre de espíritu, que no es sino aquel que sólo tiene un absoluto: Dios. Todo lo que el mundo busca y adora –riqueza, poder, fama, éxito...– no tiene para él ningún valor. Sólo es importante el amor, la verdad y la paz.

Evidentemente estamos ante la utopía. Nunca han sido así las cosas y dos mil años parecen un tiempo razonable para comprobar la eficacia y el realismo de su doctrina. Pero no se olvide que la utopía no es un imposible, sino un ideal –aún lejano– hacia el que se camina. Necesitamos la utopía para no ahogarnos en la desesperación. Esa es la fuerza de las palabras que el crucificado dirige a quien –crucificado con é– le suplica que no lo olvide: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Quien lucha por el ideal de un mundo más fraterno, más justo y más feliz puede ciertamente decir: “Estoy a las puertas del paraíso”. Porque cada esfuerzo que hace por el Reino es un paso hacia la utopía.

Tal vez sea éste el principal reto que se nos plantea a los creyentes en Jesucristo en los –todavía– umbrales del tercer milenio: creer en la utopía, construirla convencidos de que es posible, caminar hacia ella. En definitiva: darle una oportunidad real al Evangelio.

{ Maite } at: 20 noviembre, 2025 16:58 dijo...

LC 23, 33-43 CRUCIFICADOS
Crucificados, mirad al crucificado, a Jesús que cuelga en la cruz. El herido, en el bello poema del mismo nombre de Miguel Hernández.

“Herido estoy, miradme: necesito más vidas. La que contengo es poca para el gran cometido de sangre que quisiera derramar por las heridas. Decid quién no fue herido”. ¿Acaso no sabemos de heridas, de cruces? Pero, ¿cómo permanecer ahí, clavado, como Jesús, sin odiar, sin quejas, aceptando la cruz? Sí, se necesitan más vidas; incluso al final. Pero la diferencia la marca la entrega: un gran cometido de sangre. De darse del todo, hasta el derramamiento de la sangre, de toda; es decir, de la vida entera, hasta el último aliento, hasta la última gota. Son sus heridas, al decir del himno, las que curan. Solo las propias heridas tienen la virtud de sanar; las que nacen del amor. Las otras, solo destrozan, a uno mismo y a los demás. El herido sanado pasa por la vida haciendo bien, derramando salud como un manantial, destilándola allá donde va, irradiando un amor acrisolado, maduro, hermoso como fruto añejo.

“Mi vida es una herida de juventud dichosa. ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente herido por la vida, ni en la vida reposa herido alegremente!”. O al decir de San Juan de la Cruz: “Qué sabe el que no ha sufrido” y “Las penas son el traje de amadores”. Jesús ha sido herido mucho antes de acabar en la cruz. Herido por los caminos, por el amor que no le deja descansar ni pensar en una existencia que no sea por y para los demás; por los pobres y para ellos, por los marginados, por los más pequeños, por los últimos. Sí, sus heridas habían empezado a manar sangre mucho antes. Y la vida, que sea para reposar herido/a alegremente. Sin atisbo de superficialidad, se trata de vivir con las heridas que hacen crecer y desarrollan maravillosamente la sensibilidad ante todo sufrimiento humano. Que hacen fraternidad profundizando en la filiación divina. Que encuentran a Dios en toda herida ajena.

Jesús muere perdonando y prometiendo el paraíso a un ladrón que le compadece en el mismo suplicio. Muere invocando al Padre, que guarda silencio. Sin quejas, sin acusaciones. Sigue confiando profundamente en él. Vemos en Jesús, colgado de un madero, maldito de Dios para sus paisanos, a la persona bella que dibuja la siquiatra Elisabeth Kübler Ross: “Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, el sufrimiento, la pérdida y han encontrado la forma de salir de sus abismos. Estas personas tienen un aprecio, una sensibilidad y una comprensión de la vida que las llenan de compasión, de humildad y de una profunda inquietud amorosa. Las personas bellas no surgen de la nada”. No, surgen de una existencia que tiene sus raíces en forma de cruz. Por eso, Jesús es nuestro rey.

Paco Pérez at: 21 noviembre, 2025 17:45 dijo...

CRISTO REY… ¿CÓMO ENTENDEMOS SU REINO?
Jesús, con un mensaje sencillo y buenas acciones, los ilusionó pero cuando lo detuvieron, condenaron y crucificaron muchas personas quedaron confundidas… ¿Por qué?
Porque algunos, al ver que no se defendió como un rey para evitar la cruz, consideraron que no se cumplieron las expectativas que les despertó; los que no lo habían apoyado optaron por burlarse de Él y otros, asustados, lo negaron o se escondieron. Quienes sí habían comprendido la verdad de sus palabras y acciones estuvieron a su lado hasta el final pero sólo uno de los ladrones lo reconoció como Rey de su Reino.
Estos hechos me recuerdan una realidad: Nos acercamos al árbol buscando comida o sombra pero, cuando se seca, lo talamos para que no entorpezca.
Jesús predicó su Reino a todos, fue poco comprendido y aún seguimos así porque algunos sólo nos preocupamos de ganarnos la otra vida mirando hacia arriba, con rezos y poca preocupación por los problemas ajenos. Otros, los menos, son los que siguen su ejemplo curando enfermos, consolando a los tristes, dando de comer a quienes tienen hambre… Éstos sí han aprendido que el Reino está en medio de nosotros y por eso acuden al árbol sin pretender beneficiarse de su sombra protectora sino porque desean que las personas también la reciban y puedan vivir con dignidad, sin sufrimiento y esperanzadas en el más allá.
Los planes de Dios se cumplen cuando creemos, tenemos fe, damos continuidad a nuestros actos y empujamos para que su proyecto triunfe. El problema está en tener el saldo de la fe bajo y ser cómodos y egoístas. Trabajando así nos estancamos porque nos cuesta recorrer el camino y entonces nos buscamos otra forma más llevadera de viajar por el Reino… ¿Será suficiente el plan que cada persona se traza para presentarse ante el Padre?
Me planteo esta pregunta porque han pasado muchos años y los cristianos hemos avanzado poco en la comprensión del Reino. Ocurre cuando nos acostumbramos a justificar nuestra espiritualidad con acciones que no arreglan los problemas propios ni los ajenos.
Él aconsejaba que las prácticas religiosas no se sustentaran en las rutinas de la tradición… ¿Están las nuestras libres de rutinas? ¿Las cambiamos?
Un ejemplo lo encontramos al nombrar a David rey para que los guiara… ¿Qué hicieron?
Cambiaron, cedieron en sus planteamientos particulares y lo eligieron por unanimidad.
Así es cómo deben actuar, hoy, quienes dirigen los destinos de los pueblos, sin anteponer sus intereses personales a los generales.
Según Pablo, las personas estaban en las tinieblas pero fueron rescatadas por Jesús para que conocieran la luz… ¡Viviendo en paz, como hermanos y practicando el perdón y la reconciliación!