DOMINGO-6ºA

domingo, 8 de febrero de 2026
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2 comentarios:

Paco Echevarría at: 08 febrero, 2026 07:26 dijo...

LA LEY Y EL ESPÍRITU (Mt 5, 17-37)

Tras presentar de modo programático la nueva justicia en las bienaventuranzas y explicarles a los discípulos que están destinados a ser luz en medio del mundo con sus buenas obras, Jesús pasa a exponer los rasgos de esa nueva justicia. Había un debate en la iglesia primitiva: si la ley antigua –la propuesta por medio de Moisés– seguía teniendo valor o, por el contrario, el cristiano no estaba sometido a ella. Algunos pensaban lo primero y trataron de imponer su opinión a los que venían del paganismo. Pablo y otros pensaban lo segundo y defendieron la libertad frente a la ley mosaica. El asunto se resolvió en la asamblea de Jerusalén. El evangelio de Mateo, escrito para los cristianos procedentes del judaísmo, se mantiene en una postura intermedia. Viene a decir que las exigencias morales del Antiguo Testamento son válidas, pero insuficientes. Sólo el nuevo modo de ser justo es completo y definitivo.

La primera parte del sermón de la montaña es una cuidada exposición de las exigencias morales que han de guiar al buen discípulo. No ha de ajustarse éste a lo que manda la ley. Si su corazón es morada del Espíritu, irá más allá. La ley, por ejemplo, prohíbe matar. El cristiano ha de saber vivir una relación basada en el amor y la fraternidad que evita, no sólo la muerte, sino también todo lo que ofenda la dignidad del otro o le haga desdichado. Quien se limita a no hacer daño es un hombre bueno, pero no es un buen discípulo de Jesús.

En realidad el asunto es más importante de lo que a primera vista puede parecer porque lo que se debate es el origen de la vida moral. Unos –como hacían los fariseos en tiempos de Jesús– defienden que la fuente de la moral es la ley. El hombre encuentra al nacer dos caminos: el del bien y el del mal. El primero es el camino estrecho de la justicia; el segundo es la senda ancha de la maldad. La ley tan sólo es un indicador en las encrucijadas que señala el camino mejor. El hombre –creado libre– decide y, por eso, la responsabilidad es toda suya. Otros –como Pablo– piensan que la ley deja al hombre solo ante esa gran decisión y, dado que es débil, corre el riesgo de equivocarse. Necesita una fuerza interior que le guíe y le sostenga en la lucha. Esa fuerza es el Espíritu. Pero, cuando el Espíritu está presente, ya no cuenta la ley, porque el Espíritu es la luz que guía las decisiones del hombre.

Aunque el debate viene de antiguo, muchos no se han enterado todavía. Son los cristianos que examinan su vida y modelan su conciencia a la luz del Decálogo. Y no es que esté mal hacerlo. Pero es insuficiente. Si el vivir cristiano está regido por los preceptos entregados a Moisés en el Sinaí, ¿qué necesidad había de Cristo? Si los mandamientos son suficientes, ¿para qué queremos el Evangelio? Parecen leer las palabras de Jesús oyendo sólo “sabéis que se dijo” e ignorando “pero yo os digo”.
No es éste un debate estrictamente moral o religioso. También en el ámbito social está presente. Si los ciudadanos se quedan en el estricto cumplimiento de las leyes, la sociedad nunca irá a más, aunque mantendrá el orden establecido, que no es poco. Pero sólo avanzará, si los ciudadanos comprenden que, más allá de las leyes, existe un mundo de valores que las sobrepasan.

{ Maite } at: 13 febrero, 2026 23:22 dijo...

MÁS ALLÁ DE LA LEY
Jesús invita a quienes le siguen a ir más allá de la ley, de lo establecido, de toda norma. Cumpliendo estas, desde luego, aún hay que ir más lejos, más allá; hay que trascenderlas y superarlas. Porque con Dios todo es cuestión, siempre, de amor.

Y un amor, como el del Padre, no tiene límites ni barreras; al contrario, salta todas ellas. Es fácil entenderlo mirando a las madres. Una madre no concibe que tenga que alimentar, vestir y proporcionar una educación a sus hijos porque está obligada a ello. Hace esto y va más allá, dando la vida por ellos, gastándose y desgastándose cada día por ampararlos, por hacerlos felices, por enderezarlos y corregirlos, por velar por ellos con amor, con sacrificio y abnegación.

Un amor así ha de alcanzar, también, a todos los demás; no solo a quienes estamos más obligados o vinculados. Es una exigencia que brota del propio corazón, porque en todos vemos hijos, hermanos y padres. En todos vemos y reconocemos a Dios mismo.

No se trata solo de guardarse de ofender al prójimo, que ya es bueno, sino también de ir más allá buscando su bien, cultivando el perdón y la reconciliación, la benevolencia y la delicadeza.

Ir más allá de la ley nos mueve a salir de nosotros mismos, a olvidarnos de lo nuestro, a dejarnos de lado, para salir al encuentro del otro y construir unas relaciones basadas en la igualdad, la justicia, la bondad, la generosidad, la verdad y la coherencia.

Ir más allá de la ley es el camino recto para hacer realidad entre nosotros el reino de Dios.