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lunes, 6 de abril de 2026
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1 comentarios:

Paco Echevarría at: 06 abril, 2026 09:45 dijo...

DICHOSOS LOS QUE CREEN (Jn 20,19-31)

Dos son los encuentros que recoge el evangelio del próximo domingo. En el primero está ausente Tomás, el que había dicho a los otros “vayamos a Jerusalén a morir con él”. La aparición de Jesús está descrita con todo detalle, lo que indica que es el relato de un testigo presencial. El resucitado saluda con la paz, una paz que ha conquistado con su muerte -por eso muestra las manos- y que llena de alegría a los que la reciben. Les encomienda una misión -perdonar los pecados- y, para ello, les entrega su Espíritu. La paz, la alegría, una misión que cumplir y el don del Espíritu para llevarla a cabo: estos son los cuatro elementos que dan forma al encuentro.

El segundo encuentro tiene a Tomás como centro. No era creíble el anuncio de la resurrección. El mellizo -que así le llamaban- estaba dispuesto a compartir la muerte, pero no entra en su cabeza compartir la vida. Es el realismo trágico de un hombre convencido al que, de pronto, la realidad le tira sus esquemas y sus expectativas. Tomás, como el hombre de nuestro tiempo, sólo cree en lo que toca y ve. El problema es que la realidad más profunda no puede captarse con los sentidos y quien se limita a un pensamiento o a un saber basado sólo en el imperio de los sentidos elimina muchas posibilidades de conocimiento. Hubo un tiempo en el que se pensaba que el único saber válido era el que se ajustaba a la razón. El tiempo nos ha hecho ver que la tiranía de los sentidos y de la razón puede ser más cruel que la del sentimiento.

La edad moderna ha muerto y su hija -la postmodernidad- está enterrando sus ídolos. Hoy dudamos de todo, no hay certezas; desconfiamos de la razón, criticamos los ideales de la Ilustración, vivimos instalados en el desencanto. Sumidos en la irónica frustración de Sísifo, hemos abandonado el heroico tesón de Prometeo, nos hemos arrojado en los brazos placenteros de Dionisios y nos hemos acicalado con la ilusión seductora de Narciso.


Tomás descubrió que hay una lógica más allá de toda lógica, una lógica de lo divino que permite al hombre adentrarse en un saber diferente pero no menos válido que el saber que llega por los sentidos. Cuando Kant afirmó: “¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!” y añadía que sólo una cosa es necesaria -la libertad de hacer uso público de la razón íntegramente- estaba poniendo las bases de la desconfianza en la misma razón. Hoy -como Pilatos- muchos se preguntan: ¿Qué es la verdad? ¿Quién tiene la verdad? ¿Quién conoce la verdad? ¿Qué verdad? El problema no es valorar la razón como fuente de conocimiento, sino creer que es la única fuente de la sabiduría. Quien cae en ese error termina siendo o un escéptico o un fanático.