PEDRO Y PABLO-C

domingo, 22 de junio de 2025
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2 comentarios:

Anónimo at: 24 junio, 2025 16:51 dijo...

LA FE NOS AYUDA A CAMBIAR
Las lecturas nos muestran a Pedro y Pablo en unos momentos de sus vidas en los que no tienen más fuerza impulsora que su fe, a pesar de estar presos y saber que el final de sus vidas está cercano.
Ambos me enseñan que lo importante para Dios no es cómo iniciamos el camino del Reino sino cómo acabamos cuando, siguiendo sus enseñanzas, cambiamos y damos lo mejor de nosotros en todos los ámbitos.
Jesús invitó a Pedro a orar pero se quedó dormido y le falló. Cuando lo apresaron fue tras Él, lo identificaron como uno de los suyos, él lo negó y después lloró desconsolado porque sabía que había fallado de nuevo al que identificó como “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
A pesar de sus errores el Señor lo liberó de las cadenas que lo tenían inutilizado, físicas y humanas.
Considero que este hecho puede ayudarnos a comprender que llorar y reconocer nuestros errores no es debilidad sino el paso necesario para cambiar y recibir el perdón.
La liberación de Pedro enseña el valor que tiene orar con fe en grupo, lo hizo la Iglesia local por él, y fue liberado… ¿Casualidad o perdón y ayuda para ya no dudara nunca?
Pablo también estaba cautivo y, al sentirse solo y abandonado, le comunicó a Timoteo que su vida estaba a punto de concluir pero que estaba tranquilo porque sabía que el Señor lo acogería… ¿Por qué se mostró así de confiado?
Porque cuando conoció a Jesús cambió, abrazó su mensaje con fe y ella nunca lo abandonó durante su etapa evangelizadora. Ella le hacía confiar en el Señor porque sabía que, como era un juez justo, valoraría lo bueno que había hecho y lo acogería, aunque también lo hace con quienes nunca le dan la espalda.
Estos textos me recuerdan que el poder de Dios es grande y que escucha a quienes se dirigen a Él con sinceridad para que haya justicia y triunfe el bien.

{ Maite } at: 26 junio, 2025 19:09 dijo...

SOMOS PIEDRAS VIVAS
La fiesta de San Pedro y San Pablo, ambos considerados pilares de la Iglesia, nos recuerda otra realidad: que también nosotros hemos recibido la llamada a ser piedras vivas.

Nos miramos en estos insignes testigos de la fe y reconocemos que esta vocación cuenta con nuestra debilidad y nuestros errores, con nuestros límites y capacidades, con nuestras luces y sombras, con nuestro pecado, incluso, y nuestra heroicidad. A través de ellos y sus recorridos personales en pos de Jesús, nos hacemos conscientes del tesoro que llevamos en vasijas de barro y cómo se exige de nosotros, más allá de nuestra fragilidad, una entrega generosa a la Iglesia y la sociedad en que vivimos.

¿Cómo ser piedras vivas? Principalmente a través del compromiso en nuestras parroquias, en nuestro vecindario, en nuestras familias. Un compromiso firme y tenaz desde las pequeñas cosas y los pequeños gestos. Gestos de acogida a todos, de fraternidad, de escucha, de paz, en una sociedad fragmentada y dividida. Gestos de alegría, la marca del cristiano, de apoyo a los sueños y anhelos de los demás. Y trabajo. Trabajo a destajo para sacar adelante proyectos de vida, aceptando un lugar secundario y sin relumbrón; o mejor, el último lugar, el más sacrificado y oscuro, el menos glamuroso, para dejar la impronta de Jesús. Trabajar para aprender a acompañar a otros en el camino de la fe, siendo nosotros mismos acompañados por otros. Compartiendo vivencias y oración, experiencia y testimonios, para alentarnos en el camino y encontrar fuerza y fuego en el caminar.

Ser piedras vivas nos exige trabajar codo con codo con los demás, incluyendo a los alejados de la Iglesia, a los críticos, con respeto profundo a todos. Y buscar esa interdependencia que nos lleva a reconocer que todos nos necesitamos, que todos nos edificamos los unos junto a los otros.