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domingo, 17 de agosto de 2025
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3 comentarios:

Paco Echevarría at: 17 agosto, 2025 19:29 dijo...

EL NÚMERO DE EL NÚMERO DE LOS SALVADOS
(Lc 13,22-30)
En tiempos de Jesús, el número de los que iban a salvarse era un motivo de preocupación. Sobre este tema había dos posturas extremas. La doctrina oficial contenida en la Misnah decía que todo Israel tendría parte en el mundo futuro. Sólo estarían excluidos ciertos pecadores en materias especialmente graves. Los heterodoxos, por el contrario, creían que el mundo futuro iba a traer consolación para unos pocos y tormento para muchos. Detrás de la primera postura está la idea de la elección: para salvarse – venían a decir– sólo es necesario pertenecer al pueblo de Dios; detrás de la segunda, está la idea de la responsabilidad moral del hombre. El problema es que ambas conducen a la pasividad: si todos se salvan ¿para qué preocuparse? Si se salvan sólo unos pocos ¿para qué esforzarse?

Cuando plantean a Jesús el tema, él elude la respuesta y se limita a decir que no es el número lo que importa, sino el entrar en el Reino. Saber el número de salvados no resuelve nada. Lo que verdaderamente importa es saber la manera de conseguirlo. Y sólo hay una forma: con el esfuerzo. La metáfora de la puerta estrecha es una forma gráfica de decir que no hay que posponer la decisión de convertirse. Si se deja para el último momento puede ocurrir como en las aglomeraciones de última hora: que sólo entran unos cuantos.

La verdad es que resulta chocante hablar de esfuerzo y de puertas estrechas en una cultura como la nuestra donde la técnica todo lo hace fácil y donde la comodidad y el bienestar son valores predominantes. Pero así son las cosas. El reino de Dios es un regalo del cielo frente al cual el hombre ha de asumir su propia responsabilidad. Las palabras de Jesús vienen a decir que no es suficiente con estar bautizado y llevar una vida religiosa fiel. Cuando se cierra la puerta del banquete sólo participan los que se han esforzado por estar dentro. De nada sirve haber escuchado la palabra. Sólo el que la hace suya y vive de acuerdo con ella logra pertenecer al grupo de los comensales.

La sorpresa llega al final cuando se descubre que entran primero los que no tenían entrada, mientras que los que estaban tan frescos con su entrada en el bolsillo son los últimos en acomodarse. Ni que decir tiene que Jesús está hablando de los judíos y de los paganos. Pero sus palabras son perfectamente aplicables a nuestro tiempo. Son un aviso para, fiándose de su suerte, olvidan la exigencia y el compromiso. El evangelio propone un difícil equilibrio entre el don y el mérito: la salvación es un regalo –Dios prepara el banquete– que el hombre ha de aceptar acomodando su vida a sus exigencias y valores –hay que entrar con el vestido de fiesta–. Cuando se pierde este equilibrio se caen en posturas extremas que o anulan el don o anulan la libertad.

Paco Pérez at: 19 agosto, 2025 19:30 dijo...

LA LIBERACIÓN, SU IMPORTANCIA.
El pueblo de Israel, durante su deportación en Babilonia, convivió con gentes de otras culturas y allí aprendió que la salvación es para todos, vivieran donde vivieran, que la grandeza del Padre se manifiesta a todos porque pretende ayudar a quienes lo buscan.
En la carta a los hebreos se establece una comparativa entre las recomendaciones correctoras que vienen de Dios y las que nos hacen los padres o las instituciones. Todas desean enderezar el rumbo de quienes caminan desviados y, aunque nunca son bien recibidas, está probado que con el paso de los años quienes reflexionan cambian y se convierten en personas fuertes, rectas y preparadas para caminar solas.
Pasaron los años, la salvación seguía preocupando a las personas y le preguntaron a Jesús por el número de quienes lograrían entrar al Reino. Él les confirmó que la puerta está abierta para todos y les recomendó no olvidar que hay un tiempo hábil para todo, que a diario debemos hacer los deberes, que no debemos dejarlos abandonados para después pues nos puede sorprender la hora de entrar lejos y entonces no podremos entrar porque la puerta estará cerrada.
Entrar o no dependerá de la respuesta que, a diario, damos en la familia, la sociedad y el trabajo siendo responsables, justos o injustos… También deberemos liberar la mente y romper con las ataduras que nos esclavizan y privan de la libertad: La mentira, el poder, la comodidad, el acumular, el mirar hacia otro lado cuando no nos afectan los problemas…
Es un error creer que nos basta con participar en los actos religiosos multitudinarios del templo o fuera de él pues lo importante es aprender del ejemplo de Jesús para cambiar y, practicando la acción liberadora empezaremos a caminar por el Reino terrenal, siempre lo haremos en colectivo y nunca desde el individualismo… ¿Por qué?
Porque Jesús enseñaba que lo más importante es el esfuerzo que cada persona hace para ayudar a los demás, ahí es donde seremos medidos y valorados para entrar o no en el Reino.

{ Maite } at: 21 agosto, 2025 23:15 dijo...

HEMOS COMIDO Y BEBIDO CONTIGO
Una de mis hermanas de comunidad suele contar un chiste que nos gusta mucho y, sobre todo, hace pensar. Cuenta que San Pedro recibía a las puertas del cielo a un nutrido grupo de nuevos recién llegados. Los acompañaba por las distintas estancias y, al pasar por una de ellas, les dijo: “Silencio, aquí están los católicos, y aún creen que están ellos solos”.

Es una pena, pero este parece ser el sentir de muchos piadosos todavía. Creen que por ir a misa todos los domingos, o a menudo, y rezar con alguna frecuencia e, incluso, hacer limosnas, son de los amigos de Jesús. Además creen conocerle bien, y se sienten con derechos adquiridos por ello. Son gente de Iglesia; faltaría más. Sin embargo, curiosamente, se muestran preocupados por quiénes se salvarán, si serán muchos o pocos, y eso los desasosiega.

Esperan, además, una salvación que viene de afuera. ¿Pero, qué idea de salvación tienen? ¿De qué esperan ser salvados? Consideran que ya están en la lista de los que reciben el Reino por derecho propio. De alguna manera, se lo han ganado. Son cumplidores y observantes de todas las normas, aunque sus corazones sean duros y fríos, y sus juicios y prejuicios despiadados.

Sin embargo, Jesús, nuestra salvación, vive en nosotros. Y nos salva, fundamentalmente, de nosotros mismos. Nos ayuda a nacer de nuevo, como Nicodemo; a ser verdaderos hijos del Padre y hermanos de todos los demás. A dar la vida, a entregarla pellejo a pellejo, gota a gota, en el servicio, lavando los pies. A comprometernos para hacer de este mundo un lugar más justo, más solidario, más fraterno, haciéndonos pan partido y sangre derramada, como él. A acoger al débil, al pequeño, al pobre y defectuoso como al mismo Dios. Porque el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Los que comemos y bebemos con Jesús, los que tenemos a gala permanecer en comunión con él, nos identificamos con todos sus sentimientos y obras, con sus opciones y prioridades, y estas están siempre con los últimos y en el último lugar, en la construcción del Reino, dejándonos la piel en el empeño.