DESCARGAR
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Estas hojillas, que podéis bajaros, nacieron en la Parroquia de San Pablo (Fuentepiña, barriada obrera de Huelva) y la siguen varios grupos desde hace años en su reflexión semanal. Queremos ofrecerlas desde la sencillez y el compromiso de seguir a Jesús de Nazaret.
Copyright © 2010 Escucha de la Palabra Design by Dzignine
Released by New Designer Finder
2 comentarios:
EL MIEDO (Mt 10,26-33)
Hasta tres veces invita Jesús en este pasaje a no tener miedo. Acaba de hablar de la persecución que habrán de sufrir debido a su condición de discípulos y les ha advertido que tengan cuidado, que sean prudentes. Ahora completa sus consejos para tiempos difíciles diciéndoles que no teman. La resistencia en la tribulación es el complemento natural de la prudencia y lo que evita que ésta derive hacia el miedo. Son las dos actitudes con las que el cristiano ha de afrontar las dificultades. Es la primera forma del miedo: silenciar la verdad por miedo al rechazo o la incomprensión. Los creyentes han de gritar a plena luz y abiertamente lo que han oído en la intimidad porque sólo la verdad hace libres. Silenciarla por temor sería como vivir con la boca cosida.
Luego añade: “No temáis a los que matan el cuerpo”. El poder humano puede llegar a eliminar física o moralmente a los discípulos, anular su presencia en el mundo. La segunda forma del miedo es silenciar la verdad por las consecuencias materiales que conlleve su anuncio. La fe anula este miedo porque nadie puede destruir el alma, nadie puede acabar con la vida y la esperanza. El fundamento de la fortaleza es la confianza en Dios, en cuyas manos descansa la vida. Él interviene en los más pequeños acontecimientos para bien de aquellos que gozan de su amor. La fe en la vida eterna no es, por tanto, una invitación a la inconsciencia ni al desentendimiento de los asuntos de este mundo, sino un motivo para luchar y trabajar sin miedo, a pesar de la dificultad.
Las últimas palabras se refieren a la misión. El mundo es como un tribunal en el que los discípulos de Jesús han de dar testimonio con audacia y valentía. La muerte consiste en silenciar la verdad por conformismo o comodidad. Ocurre cuando el creyente pierde la esperanza y piensa que no merece la pena seguir anunciando una verdad que los hombres no aprecian. A partir de ese momento empieza a ver y analiza las cosas con los ojos del mundo: ha dejado que la oscuridad penetre en su interior. Es la apostasía inconsciente que se oculta bajo la desesperanza y el desaliento.
Tal vez sea ésta -y no las anteriores- la forma del miedo que amenaza hoy a los creyentes. Porque antes era fácil creer en el marco de una sociedad mayoritariamente creyente. Pero hoy empieza a verse como algo extraño. Y, sin embargo, hoy más que nunca es necesaria la fe para que el mundo recupere la esperanza y el amor se abra paso hasta el corazón a través del vacío que a muchos asfixia. La luz es más necesaria en medio de la noche y hoy vivimos tiempos de confusión y tinieblas. El peligro es que los creyentes sientan miedo y acomoden el anuncio a las modas y costumbres de nuestro tiempo por temor a no ser populares.
VALENTÍA Y CONFIANZA
Jesús nos llama a la valentía y a la confianza. No dejaremos de sentir miedo ante la persecución, más o menos encubierta, ante el rechazo y las amenazas por nuestra condición de discípulos. Pero el miedo no puede paralizarnos. ¿Cómo lograremos zafarnos de él? Primero, aceptando que está ahí, y desplazando nuestra atención más allá de él; allí donde queremos estar, en lo que, en este momento, es una prioridad para mí: ser coherente con lo que creo, espero y amo.
Si hay algo que podrá ayudarme a trascender el miedo es la confianza. Ella me permitirá encontrar, en las manos de Dios, el lugar de mi descanso, de la fuerza y la luz para seguir adelante. Esa confianza que me da, en esas manos, el lugar que me corresponde. Soy amada, soy valorada y valiosa para Dios. Lo de menos es mi fragilidad, mi vulnerabilidad, mis pocos recursos; lo más importante es que él es grande, misericordioso, tierno y compasivo, mi Padre.
Es precisamente la debilidad la que atrae la mirada de Dios; pero poco puede hacer, poco puede desplegar su amor en mí sin la confianza en él. Confiar es creer en su amor incondicional, pase lo que pase. Un amor que puede sacarme de mí y de mis oscuridades, del miedo y las tormentas y llevarme más allá, a lo más profundo de mí misma donde encuentro mi verdadero yo. Desde ahí, será más fácil conectar con los demás como con hermanos y entregar la vida, gota a gota o a jirones.
Pero una adhesión tibia al evangelio, una vivencia mediocre de la fe, no nos llevará a ningún lugar de riesgo, no supondrá ninguna amenaza. Solo una fe que conforme nuestra vida con sus opciones, prioridades y elecciones, día a día. Cosas que necesariamente descolocan y desequilibran, tanto a nosotros como a los que nos rodean. Valentía y confianza se entrelazan, pues, crecen y se desarrollan juntas; siempre que algo más fuerte que nosotros mismos nos haga salir de nuestra zona de confort. Pueden ser Jesús y el Evangelio.
Publicar un comentario