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Estas hojillas, que podéis bajaros, nacieron en la Parroquia de San Pablo (Fuentepiña, barriada obrera de Huelva) y la siguen varios grupos desde hace años en su reflexión semanal. Queremos ofrecerlas desde la sencillez y el compromiso de seguir a Jesús de Nazaret.
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CONMIGO O CONTRA MÍ (Mt 10,37-42)
El pluralismo ideológico y cultural -que tiene la ventaja de favorecer el enriquecimiento mutuo por la integración de elementos diferentes- encierra dentro de sí -como es de esperar de todo lo humano- un riesgo que, de no ser afrontado, puede acabar con ese beneficio: se trata del relativismo y la mediocridad. La contemplación de lo diferente puede ser un factor de definición de la propia identidad o un factor de desintegración de la misma. Mientras más opciones son posibles, más necesario es optar, pues es sabido que quien no decide sobre su vida acaba aceptando las decisiones de los demás.
Viene esta reflexión a propósito de las palabras de Jesús que se leen este domingo en las iglesias. En la larga instrucción que hace a sus discípulos, tras invitarles a asumir su misión y advertirles de los problemas que ello acarrea, el Maestro les exige que se definan. No caben en el seguimiento ni medias tintas ni ambigüedades. La opción por Jesús implica necesariamente el rechazo de lo que se opone a ella por muy querido y valioso que sea. Dios no comparte su sitio con nada ni con nadie. Esto puede significar una fractura interior, como la división entre los miembros de una familia. Quien no está dispuesto a ello no es digno de llamarse cristiano.
No pocos cristianos se mueven hoy en esta ambigüedad. Arrojados a un mundo sin fronteras, sin límites, convertido en un inmenso supermercado donde todo está al alcance de la mano, han terminado asumiendo el relativismo -que es una forma de no creer en la verdad- como filosofía de la existencia: si todo vale, si todo es lo mismo, ¿qué más da una cosa que otra, una religión que otra, una moral que otra? Confundimos las cosas cuando creemos que respetar la verdad del otro o sus opciones personales implica dudar de la propia verdad o de las propias opciones.
Pero ¿por qué ocurre eso? ¿A qué se debe que muchos caigan en esta postura? Tal vez se deba -y eso sería lo más grave- a que no existen convicciones. El relativismo no sería, en este caso, expresión de tolerancia y grandeza de ánimo, sino manifestación de vacío y mediocridad. El problema de nuestro tiempo tal vez sea la falta de norte. Cualquier camino vale para el que no sabe a dónde va, cualquier corriente arrastra al que no tiene timón.
La fuerza de los medios de comunicación -por su extensión e intensidad- ha hecho de la sociedad actual un campo donde se agitan todos los vientos. Muchos -sin que se pueda excluir a los creyentes- van y vienen, llevados por las modas o lo nuevo, sin rumbo ni sentido. Eso crea la sensación de estar vivo, pero no es sino vértigo y confusión. El problema es que, cuando cesan los vientos, lo que aparece no es la paz y el sosiego sino el vacío del alma y el absurdo.
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