2 Macabeos: Tú en cambio nos resucitarás para la vida.
2 Tesalonicenses: Que el Señor dirija vuestro corazón, para améis a Dios y esperéis en Cristo.
Lucas: Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.
Descargar 32º Domingo Ordinario - C.
Juan García Muñoz.
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RESUCITÓ (Jn 20,1-9)
La resurrección de Cristo constituye el núcleo de la fe cristiana, hasta el punto de que Pablo escribe: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe" (1Cor 15,17). Otro tema es el modo de entenderla -la explicación que se da de la misma-, que depende de la antropología y filosofía de la que se parta. De todas formas, es un asunto de fe, lo que significa que, por muchos argumentos a favor o en contra que uno encuentre, al final, es una opción personal que condiciona el modo de entender la existencia propia y ajena. No es que la fe sea irracional, sino que nunca es el resultado de un silogismo.
Los datos de los que partieron los primeros testigos fueron dos: el descubrimiento del sepulcro vacío y las apariciones. El primero ha sido transmitido por la tradición y tiene a su favor que, de haber sido inventado, jamás habrían puesto como testigos a las mujeres, ya que no se les reconocía capacidad para testificar. El segundo dato pertenece a la experiencia de la Iglesia Primitiva. Creerlo o no creerlo es un problema de confianza en la sinceridad de quienes llegaron a dar su vida por permanecer fieles a lo que predicaban. De todas formas, dado que es asunto de fe, hay que admitir como un dato de experiencia que, para el que cree, las razones en contra no crean dudas y, para el que no cree, las razones a favor no le hacen desistir de su postura.
Una cosa sí es cierta: a lo largo de la historia son muchos los hombres y mujeres que han encontrado en la resurrección de Cristo el elemento clave para encontrar un sentido a su vida. La Magdalena, Pedro, Juan y todos los demás, no creyeron en la resurrección porque alguien les demostró con sabios argumentos la consistencia de esta doctrina, sino porque se encontraron con Jesús vivo tras su muerte y, a partir de ese momento, sus vidas cambiaron por completo. La fe en la resurrección, por tanto, no es algo que se demuestra, sino algo que se muestra. Nadie tiene que probar nada. Lo único que cabe es expresar lo que se ha vivido.
Por cierto, que muchos hoy confunden resurrección y reencarnación. La diferencia es grande: la resurrección significa que se ha alcanzado la plenitud gracias a Cristo que en su muerte y resurrección nos ha salvado; la reencarnación se entiende como oportunidades repetidas para purificarse hasta alcanzar el estado que permita la vuelta a Dios. Hoy día, con el auge del esoterismo y de lo oriental, muchos creen en la reencarnación. Para un cristiano simplemente no es necesaria. Lo que los orientales creen alcanzar con sucesivas reencarnaciones, el cristiano cree que lo ha conseguido como un don gracias al amor de Dios manifestado en Cristo. Para los cristianos, la resurrección de Cristo es el triunfo definitivo como primicia del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la paz sobre la violencia, en definitiva, de la luz sobre la oscuridad.
Paco ECHEVARRIA
DESCUBRE TU PRESENCIA
Una de las estrofas del bellísimo Cántico Espiritual, de San Juan de la Cruz, dice así:
¡Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura,
sino con la presencia y la figura!
Algo de esto anidaría, sin palabras, en el corazón de María Magdalena cuando, el primer día de la semana, tan temprano, acudía a honrar a un muerto. Apremiada por un amor devastado se apresuraba, más muerta ella que el muerto al que buscaba, camino del sepulcro. Qué podía desear ella con más fuerza que la presencia del Maestro. Qué quimera, soñar siquiera con ella. Y, sin embargo, solo esa presencia podía devolverle la vida que le habían arrancado al crucificar a Jesús.
Alertados por ella, Pedro y Juan corren también al sepulcro. Quieren saber con certeza qué ha sido del cuerpo de Jesús. También ellos creen que han perdido su presencia para siempre.
La Pascua renueva la ilusión en nuestros corazones de discípulos; si la dejamos, puede inundarnos de alegría e ilusión. Puede transmitirnos la certeza de que Jesús vive y está entre nosotros. Es verdad, no se acabarán las guerras, ni cesarán los abusos de todo tipo que sufren tantos inocentes. El mundo no será mañana, ni pasado mañana, más acogedor y habitable que hoy. No desaparecerán las enfermedades, ni el sufrimiento o la muerte, pero llevar en el alma la luz y la fuerza de la Pascua marcan la diferencia a la hora de afrontar las pruebas de la vida de cada día.
La Pascua nos puede ayudar a descubrir la vida que brota a pesar de la muerte y donde ella parece reinar; la luz que disipa las tinieblas abriéndose paso entre ellas tenue pero tenazmente.
Que esta Pascua, contemplando a Jesús vivo, vencedor de la muerte, nos haga testigos de la Vida verdadera, seguidores ilusionados e ilusionantes, dispuestos a llevar la vida y la luz allí donde tanta falta hace. Porque no seguimos a un muerto y su presencia amorosa, en nuestros corazones, nos hace descubrirla por doquier, alentando y anidando en tantas cosas y personas pequeñas que nos rodean.
JESÚS ANUNCIA. NOSOTROS NECESITAMOS TOCAR
Muchas personas olvidan pronto el bien que otras les hacen y, partiendo de esa evidencia, es posible que asimilemos o no lo que Pedro nos recuerda sobre Jesús: Pasó haciendo el bien a todos y jamás hizo daño a nadie pero, a pesar de ello, algunas contribuyeron a que fuera crucificado, muchas lo abandonaron y sólo unos pocas lo acompañaron hasta el final.
Una de ellas fue María Magdalena y, además, acudió al sepulcro la primera, comprobó que la piedra había sido movida y corrió para comunicar a Pedro y Juan lo sucedido porque dedujo que Jesús no estaba allí.
Ellos acudieron, entraron, vieron abandonadas las telas con las que envolvieron su cuerpo y comprobaron que la noticia era cierta… ¡No estaba en el sepulcro!
Esas telas despejaron las dudas que tuvieron sobre lo ocurrido, por ellas supieron que no habían robado o trasladado el cuerpo... ¿Por qué?
Porque les hicieron recordar lo anunciado con anterioridad: […que Él había de resucitar de entre los muertos.].
Este hecho les hizo ver la realidad de lo sucedido, la fe se instaló en ellos, ya no tuvieron dudas y comenzaron a dar testimonio… ¿Las tenemos nosotros o las hemos despejado? ¿Damos testimonio de lo que Él decía y hacía? ¿Tenemos un comportamiento correcto o nos limitamos a pasar de largo junto a los problemas ajenos esperando que otros los resuelvan?
Pablo comenta lo que Cristo nos regaló con su muerte y resurrección, poder estar con Él junto al Padre. Esta realidad debe ser la meta a la que debemos aspirar y, empujados por ese sentimiento, reflexionar sobre el camino que debemos seguir, elegir entre vivir haciendo el bien o abrazarnos a la ambición por lo terrenal para poseer una materialidad abundante… ¿Tiene sentido vivir cometiendo abusos mientras acumulamos si al morir nos iremos con las manos vacías y perderemos la oportunidad de estar junto a Él?
No, porque estos logros siempre se alcanzan a costa del sufrimiento de muchos, los que no tienen nada.
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